JUSTICIA Y JUSTICIEROS
Martín Lutero
UN PEQUEÑO COMENTARIO
ACERCA DE LAS EPÍSTOLAS DE ROMANOS EN COMBINACIÓN CON LA DE GÁLATAS
UNA COMBINACIÓN ENTRE
LA DOCTRINA DE
ROMANOS Y DE GÁLATAS
La teología de las obras que
empapa a todas las religiones de este mundo, rechaza la gracia que Dios
providenció a través del sacrifico ÚNICO de Jesucristo para todos aquellos que
lo aceptan como pago completo de redención y de vuelta a Dios. Sin NADA que
podamos aportar de nuestra parte. No hay una sola religión proveniente de los
hombres que no desprecie Su gracia, y todos los que dependen de ellas esperan
ser salvos, no por los méritos de Cristo, sino por los que provienen de sus
propias obras.
Debemos estar enteramente
persuadidos de que la justificación y la salvación del hombre, es obra
SOLAMENTE de Dios. Solo por Su gracia. Esta es “la sana doctrina” que no podrán
soportar los que enseñan a confiar en los méritos de las obras; aquellos que,
despreciando el sacrificio único de Jesucristo, procuran la salvación a través
de los suyos propios.
Pablo, en la Epístola a los Romanos
afirma, con denuedo y de manera contundente, que el Evangelio de la Gracia vino para
emanciparnos de toda especie de ley y de su cumplimiento, y que esta es “la
libertad de los hijos de Dios que no tienen confianza en el hombre natural” -
porque conocen la escritura:
« Yo soy carnal, vendido por
esclavo al pecado. Porque no pongo por obra lo que quiero, sino lo que no
quiero eso hago. Y, sé que no hay, en mi carne, nada de bueno» de Romanos- 7.
La suma de esta Epístola de
Romanos es destruir, extirpar, y desbaratar toda sabiduría y justicia humana;
es decir, todo cuanto pueda parecer de tal a los ojos de los hombres y a
nuestra propia conciencia. - Y plantar, establecer, y magnificar el pecado. Por
eso, el Espíritu Santo, por la pluma de Pablo, lucha contra los soberbios y
arrogantes que presumen de sus propias obras, porque no creen a Dios cuando nos
dice, a todos, que las obras que produce nuestra carne no contienen nada de
bueno.
El principio fundamental que
Romanos nos presenta es que el pecado permanece siempre. El hombre, desde su
concepción en las entrañas de su madre, es pecador e injusto; nace en iniquidad
porque nace con la concupiscencia genética de su primer padre - Adán.
¿Qué se entiende por pecado
original? - Según las sutilezas de algunos, es solo una privación o carencia de
la justicia original; pero según el apóstol, no solamente es la privación de
una cualidad en la voluntad y de una luz en el entendimiento y de un vigor en
la memoria, sino también la absoluta privación o carencia de toda rectitud y
fuerza en todas las potencias del alma y del cuerpo; y además, la inclinación
al mal, la nausea del bien, el hastío de la luz y de la sabiduría, el amor al
error y a las tinieblas, y esto permanece en todos los hombres hasta la muerte.
Todos, aún los más santos, permanecen siempre en pecado; o, más exactamente, el
pecado permanece en ellos.
JUSTIFICACIÓN
Podremos denominar entonces de “imputativa”
a esta justicia, es decir, no admite regeneración ni santificación por méritos
del alma humana. Esta justicia se le reveló a Pablo, y la dio a entender en Romanos,
después de demostrar la total imposibilidad de ser obtenida por méritos humanos
en los primeros contextos de la epístola.
Una vez que Pablo demuestra la
radical corrupción humana, se preguntarán algunos: ¿Cómo obtendrá entonces el
hombre esa justificación y salvación? – Y dice Dios: No por las propias obras o
el cumplimiento de la ley, suya o impuesta, sino reconociéndose siempre MUERTO
en delitos y pecados en si mismo, y confiando solamente en las promesas que le
ha hecho el Dios misericordioso a través de los méritos de Cristo; porque así,
Dios deja de imputarle los pecados y le reputa igual de justo que a Su primogénito.
Porque, aunque nuestras obras sean malas, Dios ya no las reputará como tales,
sino que sobre la fealdad de nuestro pecado extenderá el velo de la justicia de
Cristo. Por eso necesitamos lo que se perdió en la caída del hombre y
Jesucristo conquistó y mejoró para nosotros: el espíritu o poder desde lo alto
(pneuma hagion), que nos conecta de nuevo con el Padre y nos recubre de Su justicia.
Así pues, el hombre es simultáneamente
justo y pecador: pecador en su vieja naturaleza muerta, y justo a los ojos de
Dios.
En nada nos daña el ser pecadores
con tal que creamos y deseemos ser justos. Pero el diablo, con mil artificios y
maravillosas astucias, nos tiende asechanzas induciéndole a algunos la tibieza;
es decir, haciéndoles creer que son justos por sus méritos y engañando a otros
con supersticiones y singularidades de sectas para que, con soberbia, también
desprecien la gracia y rechacen el pago que efectuó Jesucristo solo: el único
sacrificio válido para Dios; y además, les apremian a que neciamente trabajen
para ser puros y santos, y sean sin pecado; pero, cuando pecando se dejan
sorprender de alguna cosa mala y se hallan en falta, de tal manera les
atormentan sus conciencias y le aterrorizan con “el juicio de Dios”, que les
hace caer en desesperación y de la presencia de Dios se apartan.
Conviene, pues, saber que todo
hombre está muerto en delitos y pecados y agradecer la maravillosa imputación
que Dios nos da en su gracia divina, la cual es gratuita.
Todos los hombres son siempre
intrínsecamente pecadores, por eso su justificación y salvación tuvo que venir
siempre de fuera, de arriba, de lo alto. Así que los hipócritas, que se creen intrínsecamente
justos, lo creen por sus propios méritos; pero nosotros, los que a Dios creemos
y amamos, somos extrínsecamente justos por la sola reputación de Dios. Y como
esa reputación no depende de nosotros, tampoco de nuestras obras, méritos, o
sacrificios.
LOS JUSTICIEROS
Con esta verdadera justicia,
entonces, tenemos que revestirnos para enseñar a los que la contradicen con los
méritos y obras de los hombres: los “justicieros”.
¿Quiénes son los justicieros? Los
que, confiando en sus propias obras, procuran y afirman ser justos y santos por
sí, sin admitir para nada o mezclándola con la justicia que Dios que, de libre
gracia, la otorga plenamente a todo aquel que cree. Los justicieros son
aquellos que esperan ser premiados y coronados en sus sacrificios muertos, y no
le dan valor al único sacrificio válido para la redención de sus vidas con
Dios: al sacrificio de Jesucristo. Los justicieros son, los que siguen
estrictamente la observancia regular, los que le dan toda la importancia a las
obras externas, a los rituales y a lo ceremoniático.
Así, hasta hoy, los justicieros
esperan alcanzar tanto más alto grado de salvación, cuanto mas grandes sean las
obras que hicieren; señal ciertísima de que son incrédulos, soberbios y
despreciadores de la gracia; porque anhelan la magnitud de las acciones,
emprenden y enseñan aquellas obras que los hombres estiman por grandes y que el
vulgo admira. A eso miran los predicadores indoctos que seducen al pueblo rudo
e ignorante; y lo que en sermones y lecciones solo inculcan al pueblo y
ensalzan son: “Las grandes obras de los santos;” Y aquellos ignorantes que en
vez de poner sus ojos en Dios los ponen en el hombre, oyendo y creyendo que eso
es lo que tiene más valor en frente del Creador, también aspiran y suspiran
después por imitarlos, para ganarse así también su salvación. Así descuidan
ellos lo que Jesucristo logró para todos los hombres con su sacrificio No dándole
gracias a Dios, sino intentando negociar con Él a través de sus propios méritos,
en orden a ganarse aquella salvación. Por eso no se debe recomendar a nadie que
se hagan cosas semejantes, sino que se revistan en todo de Cristo.
¡OH estultos y cochinos teólogos!
- Yo me siento obligado a prestar al Señor este servicio de ladrar contra la
religión de vuestra filosofía, y exhortaros al estudio y aplicación de la Sagrada Escritura.
Todo hereje y hombre soberbio
incurre primero en ignorancia de la
Verdad ; y, si esto no le importa, ya cayó en el lazo. Abraza
luego lo que le parece verdadero; ya está cazado, pues camina seguro, como si
estuviese en la verdad y libre del lazo de la captura. Después, tropieza en
todo lo que se le ofrece contrario a su opinión, y aparta su oído. Por fin, se
indigna y defiende celosamente sus propias invenciones, persiguiendo, infamando
y causando daño a quien con la
Palabra divina le contradiga.
Pues aunque todo el mundo me
condene por hereje, y aunque todos los teólogos y religiones discrepen de mi
doctrina, yo estoy con la
Verdad y con Cristo, no ellos; y con Cristo repito que todos
los hombres vienen a este mundo muertos en delitos y pecados y que, por muy
aparentes que luzcan sus obras, nada de bueno hay: ni en ellas ni en ellos: «La
carne para nada aprovecha, solo el espíritu (que Dios otorga por gracia) es el
que vivifica.» Lo dijo mi Señor Jesucristo.
La ley dice: Paga lo que debes;
la buena nueva de la gracia: “Perdonados te son tus pecados.” El cumplimiento
no justifica a nadie; solamente la fe en Cristo. - Mejor y más claro dicho: La
ley no la podemos cumplir con nuestras obras, pero la cumplió Cristo por
nosotros, y nuestra fe o confianza en Cristo debe ser firme y categórica.
CONEXIÓN CON LA CARTA A LOS GÁLATAS
Las tradiciones que nos fueron
enseñadas invalidan y anulan la
Palabra divina, y fueron repudiadas por Dios en la epístola
de Pablo a los Gálatas, y no se refiere solamente a las doctrinas farisaicas,
como nos lo quieren hacer creer algunos religiosos, sino a toda la ley que se
dio en Moisés también.
En esta epístola, donde se pone
en evidencia el error doctrinal que se había introducido en la Iglesia , existe una muy
dura reprensión del apóstol Pablo a una de sus columnas - al apóstol Pedro. OH
amados míos ¡Como quisiera yo que todos los cristianos la leyesen y
entendiesen! especialmente los religiosos y los no pocos supersticiosos que,
por causa de sus leyes y preceptos, destruyen, no raras veces, la fe y el
Evangelio de la Gracia
en que Dios desea ardientemente que vivamos. Porque no tienen juicio suficiente
para sacrificar sus deberes en aras del amor fraternal, a no ser, comprando con
dinero dispensas e indultos.
Esta salvación que proviene
solamente por la fe, llevará a muchos a reprocharme, y me dirán que exime las
obras al condenar todo esfuerzo moral y ascético, y que las desprecio. Pero
para estos inconstantes e indoctos, les enseñaré de nuevo a través de la Escritura , y les repetiré
que la fe o confianza en Cristo es un árbol bueno plantado en nosotros por el
Espíritu Santo, árbol bueno que espontáneamente producirá sus buenos frutos:
En primer lugar, es de saber que
no hay más obras buenas que las declaradas por Dios, como tampoco hay más
pecados que los declarados por Él en Su Palabra. Por eso, quien desee conocer y
hacer las obras justas, no tiene sino que conocer la Palabra Divina y
conforme a ella vestirse de Cristo, que las cumple natural y espontáneamente en
nosotros.
Segundo: La primera, y más alta,
y más noble obra buena y justa es la fe en el enviado de lo alto, en el Cristo
resucitado, como dice S. Juan: « Esta es la obra buena y Divina, que creamos en
aquel que es el enviado de Dios.» (Juan 6:28).
En esta obra deben resumirse
todas las demás, y de ella deben recibir todas, como en feudo, la influencia de
su bondad. Tenemos que subrayarlo para que se entienda: - Conocemos a muchos
que oran, ayunan, hacen fundaciones, practican esto y aquello, llevan una vida
buena a los ojos de los hombres; pero les preguntas si están ciertos de que
aquello agrade a Dios, y te responden que no, que no lo saben, o por lo menos
dudan. Y, sin embargo, hay “grandes sabios” que les engañan, asegurándoles que
no es necesaria la certeza, pero, con todo, no hacen otra cosa sino enseñarles
las buenas obras. - Pues mira, todas esas obras están fuera de la fe, y, por
tanto, son obras muertas y no valen de nada. De ahí viene que, cuando yo
ensalzo la fe y rechazo las obras, sin la fe, me acusan de que prohíbo las
verdaderas obras.
Tercero: Sigue tu preguntándoles
si tienen por buenas obras el trabajar en su oficio, el caminar, el pararse, el
comer, el beber, y las demás obras para el sustento del cuerpo o la pública
utilidad, y si creen agradar a Dios en esto, y verás que te dicen que no,
porque ellos limitan las buenas obras a las plegarias en sus iglesias, a los
ayunos, a las limosnas, a las reuniones; el resto lo consideran inútil y sin
importancia ante Dios.
Cuarto: Cualquiera puede aquí
notar y sentir cuando uno obra el bien y cuando el mal; porque si está
persuadido, si advierte en su corazón la confianza y certeza de que en Cristo
agrada a Dios, haga lo que haga, entonces la obra es buena, por pequeña que
sea, como alzar una paja; más, si no encuentra allí la confianza, o encuentra
la duda, entonces la obra no es buena, aunque resucite a todos los muertos y
aunque se deje quemar vivo. Lo enseña S. Pablo: « Todo lo que no procede de la
fe, o no se hace con fe, es pecado.» (Romanos – 14:23). Por la fe, y no por
otra obra alguna, tenemos el nombre de cristianos; esa es la obra capital – la
fe; pues todas las demás las puede realizar también un pagano, un judío, un
pecador y un incrédulo; pero tener la firme confianza de agradar a Dios solo es
posible a un cristiano iluminado y reconfortado por la gracia. Solo para el que
vive en lo secreto del Padre revestido de Su justicia por la fe sola se
encuentra disponible. Porque para Dios no hay heroísmos ni mediocridades: Todas
las obras son iguales a Sus ojos, con tal que procedan de la fe.
Quinto: Por tanto, en esta fe,
como ya hemos tratado, todas las obras son iguales, y la una es como la otra;
toda diferencia entre ellas debe venir abajo y derribarse, ya sean grandes o
pequeñas, cortas o largas, muchas o pocas, pues las obras no son agradables a
Dios por sí mismas, sino a causa de la fe de Cristo que lleven dentro.
Sexto: El que no está unido con
Dios por Cristo, o duda de ello, intenta, busca y procura el modo de satisfacer
y mover a Dios en su favor con muchas obras. Corre acá y allá, hace oraciones,
reza esto o lo otro, ayuna tal y tal día, se confiesa allí, pregunta a éste y a
aquel, asiste a muchas reuniones y seminarios, más no encuentra reposo, y todo
esto lo cumple con gran molestia, con desesperación y mucho disgusto.
Además, para ellos, el grado sumo
de las obras es cuando Dios les castiga la conciencia, no con penas temporales,
sino con la muerte, el infierno y el pecado; porque no conocen al Padre y le
niegan Su gracia y Su misericordia, y luego tratan con un dios inventado por
ellos que eternamente condena y se encoleriza.
Así pues, debemos aceptar Su
gracia gratuita, que no se basa en los méritos humanos, y rechazar todas las
obras que no provengan de la fe; a fin de conducir a los hombres de las “buenas
obras muertas,” que son hipócritas, farisaicas e impías, de las cuales hoy
rebosan muchas religiones, conventos, iglesias, casas, y personas de alto y
bajo rango, y guiarlos hacia las “obras de fe,” justas y fundamentadas en su
Palabra con los solos méritos del Cristo que llevamos dentro.
Esta es la mente de S. Pablo en
muchos lugares. Porque si la justicia consiste en la fe, está claro que el
creyente cumple todos los mandamientos y justifica todas sus obras en Cristo. -
Hoy en día se tiene por obras del primer mandamiento el cantar en los coros, el
leer, el tocar el órgano, el ir a reuniones, el adorar templos y altares, el
fundar monasterios, el hacer voluntariados, el acumular santos, las
peregrinaciones; Más aún, el inclinarse, el ponerse de rodillas, las vanas
repeticiones y recitas... todo esto se dice honrar a Dios, adorarlo y no tener
otros dioses conforme al primer mandamiento. Pero eso lo pueden hacer, y lo
hacen diariamente, los usureros, los hipócritas, los adúlteros y toda suerte de
pecadores.
Estos textos de las epístolas en
Romanos y Gálatas, y otros muchos semejantes, me han movido y moverán a
cualquiera que los crea a reprobar ese gran aparato de religiosidad conque al pueblo
se le induce a construir sus obras y a dar limosnas, a hacer fundaciones y a
orar con vanas repeticiones, mientras que la confianza en Cristo, único
mediador entre Dios y los hombres, es pasada por alto y pisoteada.
¿Dónde están los que reprochaban a
Pablo que al enseñar la fe, no enseñaba las obras ni el deber de cumplirlas? -
este solo mandamiento, “el deber de cumplirlas” ¿No manda obrar más de lo que
cualquier persona pueda cumplir o soportar? Pero, si venida la fe, como dice
Dios por Pablo en Gálatas, ya no estamos más debajo de ese pedagogo que era la
ley, ¿para que quiero yo rechazar la fe, volviéndome a las obras de la ley?
Tu dices: ¿Cómo puedo yo estar
cierto de que todas mis obras son agradables a Dios, puesto que a veces caigo,
parloteo demasiado, como, duermo, y me excedo en otras cosa que me son
imposibles de evitar? - Respondo: Esta pregunta demuestra que tú consideras
todavía la fe como una obra más entre tantas y no la pones por encima de todas.
Pues precisamente por eso es la obra más alta, porque permanece y borra esos
pecados. Más aún, aunque acontezca que erres continuamente, lo cual a los que
viven en fe y confianza en Dios nunca o rara vez ocurre, la fe se alza de nuevo
y no duda de que su pecado, y la consecuencia de su pecado, ya ha sido borrado
y ha desaparecido. Si perece este artículo, toda la Palabra se derrumba en
nosotros; y si florece en nuestros corazones, Su Palabra vence en nosotros.
Quien no sostenga este artículo,
por muy religioso que sea, solo podrá predicar las obras muertas. ¿Qué hacen
los fanáticos, que con sus leyes y sus actos de culto quieren destruir el
pecado? - Firmemente juzgo que son vanas todas esas sectas que obscurecen la
gloria de Cristo e iluminan la propia.
El único que nos salva es Cristo,
que murió por nuestros pecados, aunque sean ellos grandes e innumerables. Si la
conciencia te hace el recuento de tus grandes pecados, dile: Escrito está: “por
los pecados murió.” ¡Y tú! ¡santo demonio! ¿Me quieres hacer santo a mí? -
Precisamente porque estos son verdaderos pecados, por eso fue entregado Cristo
a la muerte.
Por eso hay que echar en olvido
las obras, los sacrificios y toda suerte de rituales y de desvaríos mentales
religiosos.
¿De que han servido la institución
de tantas clases de religiones para la abolición del pecado? ¿Qué utilidad ha
tenido esforzarse en tantas obras grandes y molestísimas, llevar ese cilicio,
azotar el cuerpo en sacrificios, o peregrinar en los méritos? - pero si a los
hombres se les enseñase y ellos admitiesen este artículo de la justificación
por la fe sola y por la gracia concedida en Cristo, ciertamente reposarían en
los brazos del Padre.
Yo tengo que ser humilde, pero,
ante los que enseñan tales desvaríos, santamente soberbio. Solamente por la
muerte y resurrección de mi Cristo alcanzamos la remisión de nuestros pecados,
y no por la observancia de tus leyes. Si cedéis en esto, no os quitaré vuestra
corona; pero, si no, gritaré sin cesar: ¡Dice Dios, que sois el anticristo!
EL USO ESPIRITUAL DE LA LEY
Algunos dirán: Si la ley no
justifica, entonces es nulo su valor. Pero esta consecuencia no es lógica, como
tampoco sería lógico decir: “El dinero no justifica, luego nada vale”, o, “los
ojos no justifican, luego los arrancaré”; “las manos no justifican, pues me las
cortaré” ¡No! Hay que atribuir a cada asunto espiritual el propio oficio y
empleo que Dios le dio, y no el nuestro; y si Él no anula ni abroga la ley,
tampoco nosotros la destruimos o condenamos porque su cumplimiento no
justifique.
Conviene saber, por tanto, el
doble uso de la ley: que uno es de origen y uso civil (de los hombres), y el
otro espiritual (de Dios).
Las leyes civiles fueron
establecidas para reprimir (sin conseguirlo) y punir las transgresiones; luego
aquí, toda la ley se dicta intentando impedir los errores. Pero aún en este
uso, pregunto ¿Quiere esto decir que, intentando reprimir mis errores, la ley
me justifica? - De ningún modo.
El otro uso de la ley es
espiritual, que sirve para lo contrario, no para reprimir sino para aumentar
las transgresiones. Esta es la principal finalidad de la ley de Moisés Hace
aumentar, crecer, y multiplicarse el error o pecado; sobre todo en la
conciencia. Así, pues, el verdadero y principal oficio y el uso propio de la
ley divina es revelarle al hombre su pecado, su ceguera, su miseria, su
impiedad, su odio, y su desprecio de Dios. - El pensar que somos justos es un
monstruo grande y horrible. Para aplastarlo y quebrantarlo, Dios tiene
necesidad de un duro y enorme martillo, que es la ley. Cuando la ley acusa a la
viva conciencia, diciéndole: “esto y lo otro deberías haber hecho, y no lo
hiciste, por lo cual eres reo de la justicia divina”, entonces la ley cumple su
finalidad.
Pero aunque el pedagogo o ayo fue
muy útil y necesario para la formación del niño, sin embargo, no encontrarás a
ningún niño que ame a su pedagogo. ¿Cómo podrá amar al que le encierra en la
sala, es decir, no le permite hacer lo que por su gusto y por su corriente
natural haría? - Si obra contra su mandato, inmediatamente recibe reprensión y
castigo - ¿Será que la ley tiene por objetivo este duro y odioso dominio de
pedagogo y la servidumbre del niño a perpetuidad? - De ningún modo, sino hasta
un tiempo determinado; porque al llegar la fe que nos justifica de gracia,
gratuitamente,, no estamos ya más debajo del pedagogo; ya no nos asusta ni nos
atormenta, después que la fe se nos revela diciéndonos que, en os méritos de
Cristo, se nos abrió la única salida.
Ahora, que la fe se nos ha
revelado y ha llegado a nuestros corazones, con la misma certeza y seguridad
que Pablo habla contra todas las leyes, aún la Mosaica , pronuncio yo mi
dictamen contra los decretos y las tradiciones y leyes y reglas de los
religiosos, que al ser depravadas y corruptas en sus demandas, ignorando la
gracia de Su justicia, no solo son impotentes, pobres e inútiles en orden a la
conducta y los hábitos, sino también execrables, malditas y diabólicas, porque
reniegan de la gracia, destruyen el Evangelio de Pablo, borran la fe y suprimen
a Cristo.- Si las religiones exigen, por tanto, sus observancias religiosas
como cosas necesarias para la salvación de los hombres, son anticristos y vicarías
de Satanás.
A los que se esfuerzan más y más
por observar y cumplir la ley, les sucede que más y más la infringen y le son
transgresores. Cuanto más se esfuerza uno por apaciguar su conciencia con obras
buenas, tanto más la vuelve irrequieta. Cuanto más se afanan con suma
diligencia vivir según las prescripciones de sus sectas y seguirlas, cumpliendo
sus penitencias o las impuestas, más se angustian y aterrorizan sus
conciencias; porque siempre dudan y dicen: “esto y aquello no hice bien; no
tuviste bastante constricción; omití o añadí tal cosa... etc.”. De modo que,
cuanto más se empeñan en poner remedio con humanos preceptos a sus conciencias
inciertas, débiles, y afligidas,- tanto más inciertas, débiles y perturbadas
las dejan.
Los que enseñan estas cisternas
rotas son tiranos y verdugos de las conciencias, y por encima, pusieron las
cargas de sus tradiciones - ¿Quién os dio potestad, ¡Oh mensajeros de Satanás!
para aterrorizar y condenar con vuestras injustas sentencias las almas, en vez
de darles ánimo, en vez de librarlas de mentiras y de llevarlas a la
refrescante verdad que hay en Cristo? Todos ellos tienen cierta apariencia de
justicia y santidad, pero son hipócritas e impíos; porque no esperan
justificarse por la sola fe en Cristo, sino por la observancia de sus propias
reglas. Y, aunque por fuera simulen santidad, refrenen los ojos, las manos, la
lengua y otros miembros, tienen el corazón manchado, lleno de concupiscencias,
envidia, ira, liviandad, idolatría, desprecio y odio de Dios. Porque son acérrimos
enemigos de la verdad, y porque por ellos, la gracia, la gloria, y los
beneficios de Cristo quedaron soterrados. El único vehículo de la justicia por
gracia, es la Palabra
de Dios que vive en nuestro Cristo, y no en la de los hombres. La fe o
confianza en Cristo, como ya fue dicho, es un árbol bueno que espontáneamente
dará sus buen fruto a su tiempo; los buenos frutos aparecen en el árbol de una
manera natural y espontanea, no porque nosotros los colguemos ni le demos
patadas al árbol; es decir, jamás sus frutos espirituales aparecerán por
nuestros propios esfuerzos. Es solamente Dios quien amorosa y gratuitamente los
provee a través de Cristo, quien por la fe vive ahora en nosotros, y por quien
nosotros ahora vivimos.
MARTÍN LUTERO
Traducción: Juan Luis Molina
Comentarios
Publicar un comentario