Las Limitaciones de la Escritura

Las Limitaciones de la Escritura
 
Charles Welch
Trad. Juan Luis Molina
 
Porque aunque de nada tengo mala conciencia, no por eso soy justificado…así que no juzguéis antes de tiempo, hasta que venga el Señor…para que en nosotros aprendáis a no pensar más de lo que está escrito. (1ª Cor.4:4-6).
 
Bien podemos imaginarnos que algunos de nuestros lectores vengan a leer el título de este artículo con algunas reservas, así que vamos rápidamente a explicar nuestro significado para evitar producir una innecesaria ansiedad a todos aquellos que aman realmente la Palabra de Dios. Si comenzamos diciendo lo que no queremos decir con este título, eso nos ayudará a poner en claro lo que deseamos con él significar.
No tenemos intención siquiera de sugerir la menos desconfianza hacia la Palabra de Dios. Nos regocijamos en poder decir de todo corazón y creemos que TODA LA ESCRITURA ES INSPIRADA DE DIOS. Estamos persuadidos de que no solo es inspirada en sus líneas generales, sino que, además, la divina inspiración se extiende al mismo lenguaje y a la selección de sus palabras y frases individuales.
¿Qué entendemos entonces por las limitaciones de la Escritura? Entendemos que las Escrituras en todas sus partes reclaman contener el registro de todos los propósitos y caminos de Dios, pero que sin embargo tales relances de las insondables profundidades e infinitas alturas se nos dan en la medida que nuestra finitas o limitadas capacidades los puedan permitir. Si nos volvemos y examinamos ahora los escritos de los hombres sobre ella, vemos que muchos de sus autores tratan con temas que van mucho más allá de los límites inspirados de la Escritura. La revelación comienza con Dios como creador, en el principio Dios creó el cielo y la tierra (Gén.1:1). La teología del hombre no se contenta con esta información, tiene que probar e introducirse en lo que Dios ha dejado escondido o extendido un velo. La teología del hombre y su filosofía se nos acerca y nos dice, “Dios tuvo que tener un principio”. Dentro de los límites de la experiencia humana eso de que nunca hubiese tenido Dios un comienzo sencillamente no existe. Pero en vano intentaremos entenderlo de otra manera. El hecho bendito que queremos señalar es que, el propio Dios, jamás nos encargó que ocupásemos nuestras mentes con tales declaraciones. Aquel que en la tierra pudo decir: Todavía tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podréis sobrellevar, también nos ha dado, en el más amplio alcance de todas las Escrituras, tanto cuanto seamos capaces de entender o sobrellevar.
¿No hemos sentido nunca cuando escudriñamos las Escrituras sobre algún tema específico el deseo de tener más explicaciones que sin embargo Dios haya tenido por bien ocultar? ¿No son verdaderas las palabras de Zofar el naamatita: Podrás tú procurando encontrar a Dios? ¿No precisaremos de la reprensión hecha a Job, diciendo: He aquí, Dios es grande, y nosotros no le conocemos, ni se puede seguir la huella de Sus años (Job 36:26), llegarás tú a la perfección del Todopoderoso? (Job 11.7). En las más altas revelaciones que se nos dan ¿no hay en ellas insondables riquezas que solo conoceremos en las edades venideras ¿No se nos exhorta antes alcanzar a conocer el amor de Cristo que sobrepasa todo conocimiento? ¿No dijo ciertamente el apóstol, después de concluir la revelación de los caminos de Dios con Israel:
¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son Sus juicios, e inescrutables Sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor (el conocimiento)? ¿O quién fue su consejero (sabiduría)? ¿O quién le dio a Él primero, para que le fuese recompensado (riquezas)? (Romanos 11:33-35)
¿No hay un sugestivo misterio en cuanto al destino de tales aquellos como el Faraón, o de Esaú, así como se registra en Romanos 9? ¿No se anticipa inspiradamente nuestro natural deseo de encontrar más de lo que se revela, y no se halla este mal nuestro inserido en las palabras, Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: Por qué me has hecho así? (Romanos 9:20). Hay muchos que hablan como si la Biblia tratase con la eternidad, pero eso no es cierto. Comienza y acaba con el tiempo. Es la inspirada revelación de algunos de los caminos y propósitos de Dios relativos a, y durante las, EDADES O TIEMPOS. De lo ocurrido antes que la edad de los tiempos comenzase sabemos muy poco, y de lo que venga a suceder cuando estas edades hayan corrido su previsto curso no sabemos comparativamente nada. ¿No será más sabio, mejor, y más beneficioso para los que hayamos sido salvos por gracia, reconocer la sabiduría y la bondad que conlleva este ocultar de información?
Pensemos en los errores que se han acumulado alrededor de la errónea traducción de aion. En vez de honestamente traducir la palabra “edad”, los traductores asumieron que debía referirse a la “eternidad”, y por eso siempre que fuese posible la tradujeron por las palabras que indican la eternidad, y aquello que sea sin fin a la vista. ¿No se ha escrito el libro de Eclesiastés para que veamos la total imposibilidad de intentar ir más allá de lo que le ha placido revelarnos? Todo lo hizo hermoso en Su tiempo, y ha puesto (oiam, la edad) en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin (Ecles.3:11). ¿No son palabras para nosotros? ¿Estamos así tan seguros de que, si somos enseñados por el Espíritu de Dios, vayamos a comprender la obra que Dios hizo desde el principio al fin? Algunos hijos de Dios parece que piensan así. Simpatizamos con ellos de todo corazón. Es un problema que nos afecta a todos. Creer implica estar convencido en la plena inspiración de la Escritura, y creer además implica, que, fuera de Sus sagradas páginas, no se puede hallar luz sobre estos asuntos o materias; sin embargo muchos parece que han llegado a la conclusión de que, a través de un concienzudo esfuerzo estudiándolas, ubicando cada cosa en Su sitio, que de alguna manera vendrán a descubrir el completo alcance de los propósitos de Dios. Pero de hecho eso no pasa de ser sino una mera suposición. Muchos de nuestros lectores deben haber leído artículos de la mano de diligentes estudiantes Bíblicos que creen haber desmenuzado su totalidad, y  que no dudan en enseñarnos que lo que vendrá a suceder con Satanás, será aquello que les suceda a  quienes sus nombres no se hallen escritos en el Libro de la vida, y afirman sin dudar que son con aquel lanzados en el “Lago de Fuego”. Pero en este punto cesan de contentarse con la exposición divina, y es cuando se introducen las suposiciones e inferencias de los estudiantes. No existe revelación alguna ni nada se nos dice de lo que suceda con aquellos que están así consignados a la “segunda muerte”. Es cierto que hay pasajes de tremenda importancia que se dedican al tema, y con los cuales quieren sostener sus opiniones, pero solamente podrán hacerlo por vía de “deducción”. Esta manera de actuar supone prolongar la totalidad del tema más allá de los límites de la inspiración, y así damos lugar a que se aloje la desconfianza en nuestros corazones, al permitir que se adentre nuestra imaginación más allá de los límites divinos establecidos.
Cuando el lector abre el libro sagrado, rápidamente se da cuenta de que muchas cosas deben haber sucedido que no están registradas. Sí, es cierto,  bien puede venir a descubrir por lo que está escrito en Isaías 45:18 que la tierra no fue creada desordenada y vacía, sino que se volvió así. A seguir, bien puede descubrir que el mundo que entonces existía, pereció anegado por agua (2ª Pedro 3:5, 6), pero nunca vendrá a encontrar nada registrado sobre los muchos detalles que su mente natural le lleva a querer inquirir leyendo estos relatos. En el tercer capítulo de Génesis, la Serpiente, que posteriormente leyendo se descubre ser Satanás, se introduce sin ninguna explicación en cuanto a bajo qué condiciones pasó a ser el enemigo contra Dios, tal como descubrimos ser el caso. Las Escrituras solo nos revelan algunos relances en el rango excelso, la terrible ambición, y la terrible caída de Satán, pero el motivo por el cual se inclinó o se le permitió que así pecase quedan omisos,  y todos los muchos obstáculos de los filósofos con respecto al origen del mal permanecen insolubles por mucho que divaguen en sus suposiciones.
¿Será que debamos nosotros, cuando la Escritura guarda silencio, intentar forzar una respuesta procurando la verdad oculta en los oráculos de los filósofos y la razón humana? Si Dios la mantiene guardada, ¿no deberíamos nosotros humildemente arrodillarnos en sumisión? ¿Debemos saberlo todo? ¿No hay espacio alguno para la fe? ¿No son las palabras de Job 42:1-6 una más apropiada actitud mental? Job estaba ansioso e inquieto por el problema del mal. Sus amigos bien procuraron darle consuelo, pero en vano. Nunca recibió una sola respuesta que fuese para aclararle el problema. Todo lo que podemos venir a saber se registra en Santiago, que el Señor es muy paciente y de tierna misericordia.
Hay muchas expresiones en Eclesiastés enseñándonos que un paciente reposo en el Señor, tanto si plenamente entendamos Sus caminos como si no, es lo que Él más desea y quiere para nuestras vidas: Al justo y al impío juzgará Dios: porque ALLÍ hay un tiempo para todo lo que se quiere y para lo que se hace (Ecles.3:17). Ciertamente la opresión hace entontecer al sabio (Ecles.7:7). Aquellos que fracasan a la hora de ver que el propósito de Dios se halla por encima de todo, deben, cuando contemplan la opresión habida por todas partes, sentirse completamente desesperados, porque no tienen consciencia de que, aunque AQUÍ prospera el mal, viene ALLÍ un tiempo donde hay espacio para cada cosa y obra; y este simple conocimiento nos guardará en el reposo y la correcta actitud delante de Dios. El motivo por la desilusión del escritor de Eclesiastés se halla registrado en el capítulo 7, en los versículos 25-29. Está escrito como un ejemplo y un aviso. No quiso contentarse con lo que estaba escrito; no, sino que quiso descubrir “la razón del asunto”. ¿Y qué fue lo que halló? Encontró, a través de una amarga experiencia que destruyó toda su carrera, lo que pudo haber sabido leyendo sencillamente lo escrito para su orientación, en los Proverbios. En aquellos proverbios escritos para la orientación del joven Salomón, leemos una y otra vez avisos hacia la “mujer seductora”. A Salomón le había sido dada, en Proverbios 31:10-31, una descripción de la mujer que Dios quería que escogiese por esposa. En vez de eso, él quiso saber por experiencia la maldad de la insensatez, y dijo:
He hallado más amarga que la muerte a la mujer cuyo corazón es lazos y redes, y sus manos ligaduras (Ecles.7:26).
 He aquí que esto he hallado, dice el predicador, pesando las cosas una a una para hallar la razón: lo que aun busca mi alma, y no lo encuentra: un hombre entre mil he hallado (Cristo), pero mujer entre todas estas nunca hallé (Ecles.7:27, 28).
¡Pobre Salomón! Aquí le vemos con sus trescientas reinas y cuatrocientas concubinas, e incontables vírgenes (Cantar de los Cantares de Salomón 6:8) y sin embargo todavía está insatisfecho (1ª Reyes 11:3 revela el hecho de que Salomón tuvo 700 mujeres y 300 concubinas, haciendo con que fuesen mil al total). ¡Qué lección tan lamentable!
Teme a Dios, y guarda sus mandamientos, porque esto es el todo del hombre. Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala (Ecles.12:13, 14).
Todo lo que escudriñó, razonó y especuló Salomón, no le dio en cambio más luz sobre la verdad, antes bien le produjo una mayor confusión. Los creyentes hoy en día, bajo una enteramente diferente dispensación, y con la ventaja añadida de una Biblia completa, son igualmente frágiles y humanos, y en el momento que dejemos lo que esté escrito por deducciones basadas sobre nuestras propias, limitadas, y prejuiciosas observaciones, también vendremos inevitablemente a producir algunos descalabros mentales. Salomón fracasó, aun mismo cuando al mismo tiempo retuviera la sabiduría que le había sido ofrecida por Dios. ¿Somos nosotros más sabios que Salomón cuando nos aventuramos a ir más allá de la Palabra escrita añadiéndole suposiciones? Antes bien, somos tan conscientes de nuestro limitado conocimiento en vista de estas tremendas verdades, que deseamos no asumir ninguna conclusión final en ninguna particular doctrina. Nuestra única esperanza es mantenernos absolutamente leales a lo que Dios nos haya dicho y dejado escrito, y recordar que, en el momento que nos extendamos más allá y le hagamos añadidos a la revelación de Dios por nuestras deducciones  y teorías,  en el momento que critiquemos Su derecho a esconder así como a revelar,  en el momento que embarquemos en un viaje sin destino y sin timón alguno, solo vendremos a ser salvos por un milagro de gracia.
Y ahora todavía haremos una última consideración. En Daniel 10:21 y 11:2 tenemos una declaración que es digna de que estudiemos cuidadosamente.
Pero Yo te declararé lo que está escrito en el libro de la verdad.
Y ahora yo te mostraré la verdad.
El ángel procede entonces a darle un más maravilloso detallado recuento, primero de los acontecimientos que tenían que suceder dentro de un comparativamente corto espacio de tiempo a este anuncio, y después, de los aun futuros acontecimientos al tiempo del fin, o como se dice en Daniel 10:14: He venido para hacerte saber lo que ha de venir a tu pueblo en los postreros días.
El punto que queremos señalar a nuestros lectores y sobre el cual queremos que ponga su atención es que, lo que el ángel vino a decirle a Daniel, ya había sido declarado (escrito, 5:24, 25; señalado, 6:8, 9) en la Escritura de verdad. ¿En qué escritura? Porque los acontecimientos predichos en Daniel 11 no se hallan escritos en ninguna de las Escrituras anteriores que fueron dadas hasta el tiempo de Daniel. Si esto es verdad, la expresión entonces sugiere la idea de que puede haber Escrituras de verdad a las cuales los ángeles tengan acceso, y que las Escrituras que nosotros poseemos contienen selecciones suyas, dadas por Dios, en diferentes intervalos de tiempo, provenientes de aquel más completo relato celestial que contenga probablemente mucha más información de la que ahora podamos deducir. Y aun así, sabemos que los ángeles tampoco saben todas las cosas. Pues está escrito y sabemos que, los principados y potestades, están en este momento aprendiendo, a través de la Iglesia, la multiforme sabiduría de Dios.
Nosotros ciertamente no poseemos un recuento completo de todos los propósitos de Dios. Daniel 11 nos demuestra en cambio que el ángel si sabía más cosas, y registró en las Escrituras aquello a lo cual el ángel tenía acceso en cuanto a los hechos de los reyes de Persia y de Grecia. Estamos seguros de que su conocimiento no estaba tan limitado como el nuestro, y de que sabía el curso completo de la historia de Grecia y de Persia, y sin embargo en la selección de Escrituras que nosotros hemos recibido, no se trata la historia de estos dos países más allá del alcance y particular propósito para el cual fueron escritas. Nuestra Biblia se centra alrededor de Israel y Jerusalén. Siempre y cuando una nación o naciones, por algún motivo, entraban en contacto con Israel, entonces se introducía en el alcance de la revelación. Ahora bien - ¿No es cierto que Aquel que escribió la historia de Israel desde su principio al fin en nuestras Biblias, bien podría haber escrito la historia de Inglaterra o Francia de la misma manera? Por supuesto que sí, y nada sabemos de si las Escrituras de verdad de la cual el ángel tomó la pequeña porción dada en Daniel 11 registran o no la ascensión y caída del Imperio Romano, y la historia completa de todas las naciones de la tierra.    
Ahora vemos bien cuán limitadas son realmente las Escrituras, y que eso sucede porque Dios así lo quiso. Hay líneas de verdad que introducen el sagrado registro en Génesis y que recorrieron un largo camino desde su comienzo antes de que el registro de Génesis se introdujese. Cuando leemos que Satanás no permaneció en la verdad, tenemos una declaración a creer, pero al mismo tiempo nos damos cuenta de que la revelación es además extremamente limitada. No sabemos nada del pecado de Satanás ni de las circunstancias que lo rodearon, si hubiese sido necesario que lo supiéramos, el Señor podría habernos ofrecido un registro más gráfico y detallado. Ezequiel 28:17 sugiere que fue el orgullo lo que ocasionó su caída. La lección está clara, pero los detalles que podrían satisfacer nuestra curiosidad se hallan velados. Cuando el Señor levantado de la muerte pronunció sus maravillosas palabras a los discípulos, tal como se registran en Lucas 24, leemos que él comenzó en Moisés y siguió por todos los profetas (vers.27). Bien podría haber comenzado con relatos anteriores. Bien podría haberse referido al tiempo cuando Satanás cayó, y hasta podría haber dado instrucciones definitivas respecto a los muchos problemas sobre los cuales la mente humana ha venido haciendo especulaciones todo el tiempo. Bien podría haber dejado asentado en unas pocas palabras el problema de la introducción, la permisión y el propósito del mal. Sin embargo no se nos dice que hiciera nada de eso, sino que comenzando en Moisés y siguiendo por todos los profetas, les declaraba (o interpretaba) en todas las Escrituras lo que de Él decían.  
Por la lectura que hemos hecho de la Palabra hemos venido a ver que la eternidad no sea su tema. La Biblia tiene que ver y trata enteramente con el propósito de las edades. Y mismo así, tenemos que darnos cuenta de que la Biblia pasa por alto muchas de las cosas que desearíamos conocer en los propios límites inherentes de las edades, y llama nuestra atención antes que nada sobre el pueblo escogido de Israel, y por un corto espacio de páginas sobre la iglesia de la presente dispensación, Su objetivo principal no es tanto explicarnos todas las cosas a nosotros, sino guiarnos durante este nuestro peregrinaje con el feliz conocimiento de que, en la gloriosa resurrección, tendremos tiempo y oportunidad para llegar a ser conocedores en una más amplia revelación de los propósitos y caminos de Dios.
 Dejemos de intentar forzar el desarrollo de la Escritura yendo más allá de los límites señalados. Contentémonos con lo escrito y dejemos de hacer suposiciones sobre las cosas que no conocemos, porque Dios hasta ahora no ha revelado todas las cosas. Le seremos mucho más agradables si nos contentamos con lo que nos dice, que si tomamos con nosotros la responsabilidad de completar la revelación que en Su propósito haya querido dejar inconclusa. Queremos señalar una vez más que, por encima de todo lo que hemos dicho, debe dejarse entendido que no estamos cuestionando nuestra fiel y segura Santa Palabra de Dios, sino que antes bien nos arrodillamos delante de Su soberanía, reconociendo con gratitud y amor la absoluta inspiración de todo cuanto nos ha revelado, y reconociendo al mismo tiempo la soberana sabiduría que se esconde por detrás de la retención de todo lo que pudiéramos esperar que hubiera sido escrito.
Acerquémonos confiadamente a lo que está escrito. Estemos satisfechos con lo que Dios ha dicho, y si algunas líneas de verdad nos parecen ser conflictivas, no hagamos forzados intentos para reconciliarlas según nuestra imaginación, pues el propio intento lleva consigo el sabor de la incredulidad; antes bien, estemos seguros de que, cuando veamos el propósito completo revelado, todo se hará perfecto y armonioso, y trascenderá los más altos vuelos de nuestra presente imaginación.

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