¿Qué es un Cristiano?

¿Qué es un Cristiano?

Stuart Allen

Traducción: Juan Luis Molina
 
Si esta pregunta se la hicieran a seis personas distintas, es bien posible que obtuviésemos seis respuestas diferentes: Una podría decir que ser cristiano es ser un hombre bueno, otro que es un miembro de una iglesia, o que es una persona que hace obras de caridad con gente necesitada, y por ahí adelante. Pero observemos de nuevo la palabra “Cristiano”, y supongamos que la pronunciamos de manera diferente, llamándola CRISTiano, y así nos recordará que tal persona tiene algún tipo de relación a Cristo en primer lugar y antes que nada.
Si nos preguntamos por qué vía o de qué manera, haremos bien y será sabio que nos volvamos a Sus propias y divinas declaraciones, y que les demos su debido peso y consideración. La respuesta a nuestra pregunta no se encuentra en las varias opiniones que provengan de la mente humana; estas divergentes ideas carnales tan solo nos llevarán al error y a la desilusión. ¿Cuánto más razonable no será que vayamos a la “Cabeza” Misma, que es la fuente de toda la verdad? ¿Para qué vino Cristo a este nuestro mundo, sino para enseñarnos todas las cosas? Estas son Sus mismas palabras:

El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido (Lucas 19:10).

Yo. La luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en Mí no permanezca en tiniebla…no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo (Juan 12:46, 47).

Estas palabras son ciertamente muy claras. Cristo vino a disipar las tinieblas y la incerteza, y además, a darnos LUZ. Cristo no vino a condenar sino a SALVAR. Si esto es así, entonces es obvio que debe haber una necesidad fundamental en el corazón humano por iluminación y salvación; pero ¿qué es la salvación? A medida que vayamos considerando este asunto, bien haremos en quitar de nosotros todas las ideas preconcebidas de iglesias, reformas, ordenanzas, bautismos de niños o adultos etc., etc., porque en su esencia la salvación de la cual Cristo está hablando no tiene nada que ver con estas cosas. Hay muchos a nuestro alrededor cuya idea de salvación es la que resulta de una manera de vivir, moral o religiosa, y se conectan íntimamente con algún tipo de rito o ceremonia religiosa. Hay multitudes que han concebido su propia condición de salvación o que han aceptado las condiciones impuestas por terceros y, habiendo cumplido tales requisitos, confían ahora en la falsa seguridad engañándose a sí propios. Bien pueden haber cumplido los requisitos de hombres, y al mismo tiempo haber sido ignorantes del requisito único de Dios. 
 
En este pequeño estudio desearíamos abolir el lenguaje teológico y emplear una manera de hablar, tan simple, que todos puedan leer y comprender. El tema que estamos tratando es tan vital e importante – de hecho no puede haber nada más importante – que debemos a todo coste abolir de nuestros pensamientos cualquier opinión humana. Consecuentemente, abandonaremos todo lo proveniente de los hombres por muy buenos que puedan ser, e iremos directamente a la enseñanza del Señor Jesucristo.
Del versículo que ya hemos citado (Lucas 19:10) deducimos que el propósito de Su venida fue para SALVAR, y aquellos sobre los cuales se aplica esta obra Suya son descritos por Él como los PERDIDOS. Veamos ahora otra declaración Suya con respecto a este propósito:

Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores (Marcos 2:17)
.
Está claro por estas palabras que la misión de Cristo no se dirigía a las “buenas personas” sino a los “indignos”, aquellos a quienes Él describe como PERDIDOS  y como PECADORES. Ahora bien, esto no es muy halagador que digamos para la naturaleza humana, pero antes de que lo repudies, querido lector, pregúntate a ti mismo honestamente si, a pesar de toda buena conducta por detrás de la cual puedas estribarte,  si quizá estos términos no te describan fiel y verdaderamente. No es una cuestión de grandes pecadores o pecadores pequeños. Un solo pecado hace a un pecador tanto como una sola mentira hace a un mentiroso. Aun cuando tu autocontrol sea tan fuerte como para no cometer cualquier acto pecaminoso o pronunciar cualquier palabra que sea errada (lo cual es bastante improbable), ¿qué sucede con el interior – en tus pensamientos? ¿Nunca has sido indulgente en los pensamientos pecaminosos? Recuerda que de Cristo se dijo:
No se fiaba de ellos, porque conocía a todos, y no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues Él sabía lo que había en el hombre (Juan 2:24, 25).
Él veía el interior y sabía cada pensamiento, y aunque los hombres puedan engañarse unos a otros con apariencias externas, en Él sencillamente no había engaño. Además, así que miramos a nuestro alrededor y consideramos las atroces condiciones en los asuntos mundanos con sus montañas de armamentos y gigantescas armas de destrucción, sus terribles y atroces guerras, sufrimientos y muertes, cualquiera puede pensar que todas estas cosas en sí mismas prueban que hay algo radicalmente equivocado con la mente humana.  No puede haber duda alguna de que la salvación sea absolutamente necesaria, y fue por este expreso propósito que Cristo vino. Un pecador precisa de un salvador, tanto él lo sepa como si sea ignorante de eso, y además, este salvador tiene que providenciarlo Dios, y Aquel que ha provisto ha sido el Señor Jesucristo. Su negocio es salvar al perdido, y en esta Su obra, Él jamás fracasó ni fracasa todavía.

No hay excepción alguna en conexión con el pecado y la caída, pues: Todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios (Rom.3:23), por tanto, todos precisan de un Salvador, y eso te incluye a TI. No te iludas pensando que no diga respecto a tu persona y no seas indulgente dándote palmadas en la espalda, sino que tienes que ser absolutamente honesto contigo propio en este asunto tan importante. Bien puedes asentar de una vez por toda la cuestión de tu propia salvación respondiendo a estas preguntas: ¿Es el Señor Jesucristo mi Salvador personal? ¿Le pertenezco aun siendo el pecador que soy? ¿He puesto mi confianza en Él, y solamente en Él? Si las respuestas son que SÍ, entonces eres salvo, pues por la simple fe te has asociado con Aquel que solamente es el Salvador de la humanidad. Si las respuestas son que NO, tú estás perdido, y la condición final del perdido es de condenación y de pérdida eterna.

Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él crea no se pierda, más tenga VIDA eterna (Juan 3:16)
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Yo he venido para que tengan VIDA (Juan 10:10).

Aquel que en Él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado (Juan 3:18).

Así, pues, con toda la solemnidad, es una cuestión de VIDA o MUERTE eterna. Asociarse o juntarse a Cristo significa para ti vida eternal; estar separado de Él significa muerte eterna. Observa que la salvación te viene a través de Él por vía de la fe. Tú no eres salvo por la fe misma – sino que es el objetivo de la fe, pero el Señor Jesucristo es quien te salva. Tu fe es meramente el canal por el cual Su salvación te alcanza y pasa a ser tu propia posesión. Fe, creencia y confianza significan una misma cosa. Si tú tienes fe en un hombre, entonces confías en él. Si tú confías en él, entonces tienes fe en él. Si tú tienes fe el Señor Jesucristo, tú tiene entonces todo lo que Dios requiere de un pecador para poder ser salvo.
Podría preguntarse - ¿no hay otra vía de salvación? En las palabras del propio Cristo es que NO.

Yo soy la puerta: el que POR MÍ entrare será salvo (Juan 10:9)

El que no entra por la puerta…sino que sube por otra parte, ese es ladrón y salteador (Juan 10:1).

Yo soy el camino, la verdad y la vida: nadie viene al Padre sino POR MÍ (Juan 14:6).

Los hombres bien pueden hablar de operar ellos propios su propia salvación, pero todos esos esfuerzos a la luz de estas palabras deben acabar en decepción y muerte, porque ignoran el único camino que Dios reconoce como verdad, esto es, el propio Cristo.

Hay además otra cuestión que debemos exponer aquí: ¿Cómo es que Dios puede salvarme a través de Cristo? Pues bien, está por encima totalmente de las capacidades de la mente limitada comprenderlo en toda su plenitud, pero el Apóstol Pablo lo resumió cuando dijo:

(Dios) al que no conoció pecado (Cristo), por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él (2ª Cor.5:21).

Hay una maravillosa transferencia aquí. Él tomó tu pecado y lo llevó consigo pagando la pena en vez de ti, la cual pena es la muerte. Por eso tuvo que darse Su muerte expiatoria sobre la cruz del Calvario. Tú te apropias de Su justicia sencillamente al confiar en Él, así como pasa a ser tuyo el don de la vida eterna en lugar de la condenación y muerte que merecías; y no solo esto, sino que Su todopoderoso poder te capacitará para vivir, en el más pleno sentido de la palabra, una vida de paz y regocijo, a pesar de cualquiera que sea la circunstancia.
La vía de salvación de Dios por tanto está muy clara. Tú eres una criatura arruinada, un pecador. Tú precisas un Salvador. Existe solamente un Salvador, y es Jesucristo. Cuando tú pones tu confianza en Él y dependes totalmente sobre Su toda suficiente obra y mérito, entonces vienes a ser salvo por toda la eternidad, y la pregunta que encabeza este estudio se responde en cuanto a qué puede querer venir a ser un verdadero cristiano. Si TÚ has dado este único, vital y necesario paso eres salvo. Sino lo has dado, entonces te sugerimos con todo nuestro corazón que lo des AHORA MISMO. No puedes saber lo que venga a suceder mañana, así que no dejes pasar este día antes de presentarte ante Dios sosegadamente, con la sencillez de un niño, y con toda sinceridad reconocer ante Él que eres un pecador; que tú reconoces la necesidad de ser salvo, y que pondrás tu confianza solamente en el Salvador del pecador, el Señor Jesucristo. La paz mental, el regocijo, el sentido de un real propósito que ciertamente resultará tiene que ser experimentado para ser creído. Si en vez de eso repudias al Salvador, nada será igual para ti de nuevo. Al menos, no serás capaz de decir que no lo supiste. No tengas en cuenta o tengas temor de lo que los demás puedan decir o hacer. ¿Qué importa cuando es la vida eterna lo que está en juego? No te importes de cuánto hayas pecado o las veces que hayas caído; recuerda que Él dijo que vino a llamar a los pecadores y no a los justos, y por tanto Él vino por TI. Él no te abandonará nunca, pues te dio esta promesa:

Aquel que viene a Mí, no le echo fuera (Juan 6:37).

Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por Él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos (Hebreos 7:25).

Él bien puede ser tu Salvador aquí y ahora mismo, y tú puedes ser un cristiano en el más cierto sentido si pones tu confianza en Él y recibes Su salvación y Su poder transformador. Esto solo puede hacerse por ti mismo. Nadie podrá jamás hacerlo por ti. La cuestión es:

¿Lo harás?

Piénsalo bien antes de decir que NO, PUES TU ETERNO DESTINO DEPENDE DE TU RESPUESTA.
     
 
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