Las Epístolas Desde la Prisión
12º Parte 


CAPÍTULO UNO
DE LA EPÍSTOLA A LOS FILIPENSES

 

El ministerio del Apóstol Pablo en Filipos marca la introducción del Evangelio en Europa y se describe en Hechos 16:12-40. La ciudad, que era una colonia Romana, recibió en primer lugar su nombre de Felipe de Macedonia, quien la tomó de los Tásanos alrededor del año 360 antes de Cristo. En el 168 antes de Cristo pasó a hacer parte del Imperio Romano. Lucas la describe como siendo “una ciudad de Macedonia, la primera del distrito, una colonia Romana” (Hechos 16:12 R.V.). Había consigo una especial dignidad en este título que detentaba, pues con él se permitía el uso de la ley Romana en los asuntos locales y, en algunos casos, la exención de tributos e impuestos. Y además, esta Ius Italicum, les daba el privilegio por el cual la propiedad, la transferencia de tierras, el pago de impuesto, la administración local, y la ley, venían a ser las mismas que las que se hallaban vigentes sobre suelo italiano.

 

Lucas, en los Hechos, nos deja claramente ver que, la comunidad Judía, ya existía en Filipos antes que el Apóstol la visitase, y además es interesante observar la alta posición que las mujeres ostentaban en Macedonia. W. Tarn y G.T Griffith en La Civilización Helenista, pag.98, 99 declara: Si en verdad sea cierto que Macedonia tenía la fama de producir, tal vez, el más competente conjunto de hombres del mundo conocido, las mujeres no se quedaban atrás, y eran en todos los aspectos la otra cara de la moneda de los varones; pues ellas tenían un papel fundamental en todos los asuntos sociales y culturales, recibiendo honores y obteniendo concesiones para ellas de parte de sus maridos; edificaban templos, fundaban ciudades, contrataban mercenarios, comandaban ejércitos, defendían fortalezas, y actuaban en ocasiones como regentes o mismo cogobernantes. Las mujeres Judías, bien sabemos, se reunían para orar en Filipo, de las cuales Lidia, una prosélita del Judaísmo, sería una de ellas.     

 

Fecha y lugar de Composición

 

La fecha tradicional de la epístola se asocia con el encarcelamiento de Pablo en Roma. Este punto de vista era el común y corriente en el siglo segundo, y se mantuvo inamovible hasta el final del siglo dieciocho. Desde aquí en adelante se establecieron dos otros posibles lugares en cuanto al origen de esta carta: Cesárea y Éfeso. Oeder de Leipzig, en 1731, propuso primero el origen Cesáreo, aunque hoy en día ha sido prácticamente abandonada su teoría. Nosotros, no obstante, la consideraremos en esta introducción. Éfeso por otro lado fue puesta como el lugar donde la epístola fue escrita por Adolf Deissman en 1897, y en su teoría es secundado por algunos de los modernos escolares, tales como el Dr. G.S. Duncan. El lector deberá estar preguntándose si es que todo esto sea de vital importancia, y la respuesta es que “sí, de mucha importancia”, pues un origen Cesáreo o Efesio para la epístola Filipense impediría ser contada entre las Epístolas en Prisión escritas a seguir a Hechos 28 relatando al Misterio, y la ubicaría además en el periodo de los Hechos, donde Israel y la esperanza de Israel serían todavía dominantes.

 

Aquellos que sostienen el origen en Cesárea le resaltan en demasía la palabra praetorion, traducida “palacio” en la Versión Autorizada de Filipenses 1:13, y señalan que esta palabra describe la residencia oficial de Herodes en Cesárea. Pero, tengamos en cuenta que, la misma palabra, se emplea también hablando de la residencia de Pilato como procurador Romano en Jerusalén, y además, también se emplea del palacio del Emperador en la colina Palatina en Roma, y bien podría de igual manera referirse a la residencia del procónsul de Asia en Éfeso, o de cualquiera de los gobernadores de una de las provincias Romanas. Este argumento, por tanto, anula y no asegura el fundamento que pueda basarse sobre esta teoría.

 

Tenemos por otro lado un aspecto más a considerar sobre este punto. Praetorion también puede ser empleado de la guardia pretoriana, y entonces “todos los demás” no necesariamente significaría “lugares”, tal como se añade en la Versión Autorizada. Bien puede referirse a una referencia personal “entre los demás” de un grupo de personas, y así es como lo traduce la Versión Revisada (y la Reina y Valera): entre toda la guardia pretoriana, y a todos los demás. Con esto concuerdan J.B. Lightfoot y otros escolares, que asocian la carta con Roma. El profesor F.W. Beares declara: es prácticamente innecesario decir que las nueve cohortes de la Guardia Pretoriana se concentraban generalmente en Roma, después que Liberius les edificase allí un gran cuartel militar; y cualquier destacamento que se hallase en otra capital provincial no sería otra cosa sino un  mera guardia de honor para el procónsul (La Epístola a los Filipenses, pag.22).

 

Debemos observar, además, que los “santos de la casa del Cesar” (4:22) no se debe referir a la familia del Emperador, o a los miembros del círculo de la corte, sino antes bien a los siervos y esclavos de la casa del Emperador que se hallaban en la naturaleza de siervos civiles y con los cuales Pablo debió tener algún contacto, y en el caso de la guardia pretoriana, esto sería especialmente cierto en el curso de sus deberes vigilándole; y así, “todos los demás” (1:13) describe el círculo más amplio de los que vinieran a escuchar del encarcelamiento de Pablo. Lo que ciertamente sabemos es que Pablo estuvo prisionero en Roma por lo menos durante dos años, y en condiciones de poder recibir visitantes y de predicar el Reino de Dios enseñando los asuntos concernientes al Señor Jesucristo con total libertad, sin impedimentos. No se sabe a lo cierto si también estuvo prisionero en Éfeso. Sobre este asunto Lucas guarda silencio, y eso pesa mucho contra la hipótesis Efesia. Tampoco tenemos informe alguno de que en Cesárea disfrutase de la misma libertad de acción que disfrutó en Roma. En Cesárea se halló encarcelado en el pretorio de Herodes: en Roma le estuvo permitido que viviese en su propia casa alquilada. En Cesárea no se hallaba en peligro de muerte. Félix le habría libertado a cualquier momento bajo el pago de una cierta suma de dinero que Pablo le hubiese ofrecido para ser libertado. Sería muy improbable que el caso de vida o muerte descrito en la epístola Filipense se refiriese a la enemistad de los Judíos, aunque Pablo había estado enfrentando ese peligro desde el comienzo de su ministerio y en 2ª Corintios hubiera declarado que muchas veces se había encontrado en “peligro de muerte” (2ª Cor.11:23). Además, tengamos en cuenta que el Señor le había prometido de manera definitiva que iría a Roma y que allí llegaría a estar a salvo (Hechos 23:10, 11), así que el Apóstol no estaría temeroso de sus conciudadanos en este respecto como en Cesárea.

 

Con respecto a la teoría Efesia o Cesárea del lugar del escrito, el Profesor Beare dice lo siguiente: Debe también tenerse en cuenta que las condiciones del encarcelamiento serían, de tal orden, que le permitían al Apóstol recibir amigos, y así dirigir los movimientos de sus asociados, y recibir y escribir cartas. Tenemos que recordar que el escribir cartas envolvía la admisión de un escriba en la prisión, y la provisión de papiros a expensas del prisionero. ¡No eran todos los prisioneros que tenían la libertad de convertir su celda en una oficina ejecutiva para la propagación de una religión de dudosa legalidad! Debe ser enfatizado una vez más que, solamente de Roma, tengamos evidencias documentadas por un prolongado encarcelamiento que le permitiese a Pablo tal libertad de movimientos en pro de sus apostólicas actividades (op.cit.pag23).

 

Posteriormente, este mismo autor declara que sería difícil creer que en Cesárea hubiese sido tan completamente abandonado por la iglesia en Jerusalén, a la cual había llevado generosos donativos desde Macedonia y Acaya, que había requerido la ayuda de los Filipenses, una iglesia a 2.000 Kms. de distancia.

 

Uno de los obstáculos que surgen en conexión con Roma, como lugar donde Filipenses fuese escrita, es la larga distancia desde Roma hasta Filipos, y el número de viajes mencionados en la epístola que deben ser calculados. Pero este punto también se halla, y aun en mayor medida, en contra de Cesárea, pues envolvería un viaje de 2.000 Kms. por tierra; haciendo con que fuese aún más largo en tiempo que el viaje a Roma, pues los medios de comunicación a través de Asia Menor no eran como las mejores condiciones existentes entre Roma y Filipos, y además, durante varios meses del año, las vías sobre los montes Taurus se hacían prácticamente intransitables. El viaje por mar en cambio debería durar solo unas varias semanas, a juzgar por el hecho de que Pablo, saliendo de Filipos, a seguir a la Pascua, sentía la imposibilidad de parar en Éfeso queriendo estar en Jerusalén por Pentecostés (Hechos 20:16).

 

El número de viajes mencionados en Filipenses son los siguientes: son cuatro viajes los presupuestos entre Roma y Filipos:

 

(1)  Se envía un mensaje desde Roma a Filipos, avisando que Pablo se encuentra en prisión.

(2)  Epafrodito llega desde Filipos a Roma trayendo donativos.

(3)  Llegan noticias desde Roma a Filipo avisando que Epafrodito había caído enfermo.

(4)  Llega un mensaje de vuelta desde Filipos a Roma declarando la inquietud de los Filipenses por las noticias.

 

El regreso de Epafrodito con la epístola haría un quinto viaje, y es seguido por el envío de Timoteo. El propio Pablo esperaba visitar Filipos algún tiempo después. La distancia entre Roma y Filipos serían unos 1.300 Kms. siguiendo la vía Apia durante unos 610 Kms. hasta Bríndisi, y a seguir por barco cruzando el Adriático hasta Durazno, unos dos días de navegación, siempre que el viento fuese favorable. Desde Durazno la Vía Egnalia continuaría durante 690 Kms. hasta Filipos. Sir William Ramsey ha calculado que la distancia aproximada de un día de viaje por tierra, a pie, no debería sobrepasar los 25 Kms. (HDB, v, art. Caminos y Viajes (N.T), pag.386). Basados en estos cálculos, cada viaje demoraría alrededor de siete semanas, y contando además los descansos entre los viajes y los atrasos en el camino, debemos admitir cerca de cinco meses para el viaje de ida y regreso  o diez meses para los cuatro viajes.

 

Este periodo podría ser dividido a la mitad si es que los Filipenses vinieron a saber del apelo al Cesar inmediatamente después de Pablo haberlo efectuado, y entonces enviasen sus mensajeros a encontrarse con él, guarneciendo para sus necesidades a su llegada. Siendo así, tenemos que admitir entre cuatro o cinco meses para el intercambio de la correspondencia antes del despacho final de la epístola. Una vez que Pablo estuvo en la casa arrestado durante dos años, está claro que hubo tiempo más que suficiente para efectuar todos estos viajes, así que Roma no debe ser puesta de lado por causa de la distancia desde Filipos.

 

Claro está, el viaje desde Éfeso a Filipos sería mucho más corto, durando entre 10 a 12 días en cada dirección, pero se levantan muchos obstáculos que con esta suposición no se consiguen ultrapasar. Nada menos que una autoridad como la del Profesor C.H. Dodd ha examinado críticamente las hipótesis de Cesárea y de Éfeso, repudiando ambas en favor del origen Romano de Filipenses (Estudios del N.T). El Profesor F.W. Beare concluye su cuidadosa observación escribiendo: No se puede establecer una fecha precisa. Debemos contentarnos ubicándola entre el año 60 y 64 D.C., probablemente más próxima del 64. Los Filipenses son macedonios. Y estos, habiendo recibido la Palabra, sabemos que se mantuvieron firmes en la fe, y no recibieron falsos apóstoles. El Apóstol los alaba desde Roma, desde la prisión, a través de Epafrodito (el prólogo a la epístola, fechado desde el siglo segundo).

 

El Profesor C.H. Dodd señala que Pablo, siendo como era ciudadano Romano, no estaba en peligro de sufrir la pena capital como resultado de cualquier sentencia de un tribunal provincial como el de Éfeso, una vez que siempre podía usar de su derecho, apelando al Cesar. Tan solo Roma sería el lugar en el cual el encarcelamiento podía terminar en muerte. El Profesor A.T. Robertson, uno de los escolares más conceptuados del Nuevo Testamento Griego, escribe: el argumento (del origen Efesio propuesto por el Dr. G.S. Duncan) es más ingenioso que convincente. No es posible aquí revisar los argumentos en pro y en contra que me convenzan de que Pablo no estuviese en Roma cuando escribió esta carta a los Filipenses (Los Cuadros de la Palabra del Nuevo Testamento; pag.433). Donald Guthrie resume la situación así: Si la hipótesis Romana pudiese ser probada como insostenible, la Efesia vendría a ser la más probable sin discusiones. Pero las bases que discrepan de la teoría Romana están lejos de ser conclusivas, y teniendo en cuenta esta incertidumbre y el silencio que hay en los Hechos acerca de un encarcelamiento en Éfeso, sin duda son ambas razones una verdadera barrera para la teoría Efesia, y nos parece mucho mejor darle la preferencia a Roma como el lugar de su despacho (N.T. Introducción, Las Epístolas Paulinas, pag.153). Nada menos que una autoridad como la de J.B. Lightfoot también sostiene firmemente el origen Romano, y otros tantos podrían ser nombrados y de igual calibre; así, pues, estamos en buena compañía desde el punto de vista de los escolares adhiriendo a Roma como el lugar donde el Apóstol Pablo escribió su carta a los Filipenses, y debemos recordar que este tema sea de los más ampliamente investigados por los escolares.

 

Pero hay dos puntos importantes más que deben ser considerados, estos son, la composición hecha del Nuevo Testamento; y el punto de vista dispensacional. (1) Si Filipenses fue escrita desde Roma después de Hechos veintiocho, entonces tenemos un arreglo perfecto de las epístolas del Nuevo Testamento en grupos de sietes. Siete de las epístolas de Pablo durante los Hechos: Gálatas, 1ª y 2ª Tesalonicenses, 1ª y 2ª de Corintios, Hebreos y Romanos. Siete de las epístolas de Pablo después de Hechos; Efesios, Colosenses, Filipenses, Filemón, 1ª Timoteo, Tito, y 2ª Timoteo. Y Siete epístolas generales o epístolas de la circuncisión; Santiago, 1ª y 2ª Pedro, 1ª 2ª y 3ª Juan, y Judas. Aquí se ve tan claro el origen Divino, que precisaríamos de muy palpables evidencias realmente en contra para tomar en consideración cualquier otra posición. Si ponemos Filipenses en los Hechos, este perfecto balance desaparece, y no solo eso, sino que además también se desvanece la inter relación de las Epístolas en Prisión en sí mismas; Efesios y Colosenses dando a conocer el Misterio, y Filipenses y 2ª Timoteo manifestando el premio o la corona asociada con él. (2) Nada más cierto tenemos que los dones milagrosos de sanidad a través de todo el periodo de los Hechos como uno de los dones significativos del reino terrenal relativo a Israel. Es tan prominente en Hechos veintiocho como al principio. ¿Cómo sería entonces posible que Pablo se lamentase en Filipenses (si hubiera escrito esta carta en Éfeso o Cesárea), de que no pudiese sanar a su amado amigo Epafrodito, quien prácticamente perdió su vida cayendo gravemente enfermo, si hasta el final de Hechos veintiocho su don de sanidad se hubo mantenido siempre vigente (Hechos 28:8, 9)? Esto ciertamente puede ser comprobado por la Escritura, y nos gustaría saber la respuesta.

 

Ha sido dicho que, porque la palabra “misterio”, no aparece en Filipenses, la epístola no pudo haber sido escrita después de Hechos veintiocho. Pero entonces por el mismo argumento podríamos decir que 2ª de Timoteo, la última de las cartas de Pablo, no tendría nada que ver con el Misterio, puesto que, del mismo modo, la palabra en ella tampoco aparece. La palabra “santificación” no aparece en Filipenses. ¿Debemos concluir, entonces, que esta iglesia no fuese santificada? Concordemos en el hecho de que la omisión del término es extremamente frágil como teoría, a menos que se acompañe por una más positiva y sobresaliente evidencia. Si Pablo tuviese que hacer mención de toda básica o importante verdad en cada una de sus cartas que escribió, se habría visto obligado a escribir largos volúmenes concernientes con la doctrina en vez de cartas. Aquellos que de manera dispensacional ubiquen a Filipenses en los Hechos deberían tener en cuenta que se están perdiendo preciosas verdades pertenecientes al Cuerpo de Cristo sin recibir a cambio beneficio alguno por mantener esta consideración.

 

Todavía no hemos dicho nada acerca de la cuestión de los obispos y diáconos (Filip.1:1) una vez que esto no constituye un problema con respecto al Misterio cuando es visto Escrituralmente; pero esperamos haber dejado claro que tenemos muy buenos fundamentos para ubicar la epístola a los Filipenses a seguir a Hechos veintiocho, y que fue escrita en la casa donde Pablo estuvo prisionero en Roma. Observamos que Filipenses es una carta sobre todo de servicio desprendido y generoso, en conexión con el Evangelio y la plenitud de la Verdad dada a conocer después de la apostasía de Israel. Esta carta no vuelve a retomar de nuevo el fundamento de Efesios. No había necesidad de hacerlo. Filipenses trata con la responsabilidad que nace de recibir las riquezas de gracia y gloria que se revelan en Efesios y Colosenses, el resultado práctico de nuestra salvación con un premio o recompensa Divina en vista, y así se equilibra en balance con 2ª Timoteo y su similar énfasis sobre una corona (2ª Tim.4:8 y 2:12).

 

Por eso no nos sorprende encontrar resaltado el servicio en el primer versículo:  

 

Pablo y Timoteo, siervos de Jesucristo, a todos los santos…en Filipos, con los obispos y diáconos.

 

Observemos que es la única epístola que comienza de esta manera. La palabra “siervos” es literalmente “esclavo”, y a primera vista nos resulta extraño que el campeón de la libertad (Gál.5:1) pudiera describirse así. Pero es que desde su conversión y de manera continua, el concepto que tenía de la redención es que había sido comprado por el Señor, y por eso se veía enteramente como propiedad del Señor, tal como su primera pregunta nos demostró (Hechos 9:6). Solamente aquellos que tengan esta experiencia y se den cuenta de sus plenas implicaciones saben bien lo que sea la libertad. Antes de seguir adelante vamos a exhibir la estructura de la epístola, y en este cometido nos sentimos en deuda con el Sr. C.H. Welch: 

 

A 1:1, 2 Saludos. Santos en Cristo Jesús.

   B 1:3-26 La comunión en el Evangelio desde el primer día.

      C 1:27-2:5 El Comportamiento (la manera de vivir) ahora. Estad firmes.

         D 2:6-11 Séptupla humillación de Cristo.

            E 2:12-17 Exhortación. Resultado práctico (producto).

               F 2:17-30 Ejemplo de Pablo, Timoteo y Epafrodito. 

            E 3:1-5 Exhortación. Guardaos.

         D 3:4-19 Siete pérdidas de Pablo.

      C 3:20-4:10 Comportamiento (ciudadanía). Estad firmes.

   B 4:10-20 La comunión en el comienzo del Evangelio.

A 4:21-23 Saludos. Los santos de la casa del Cesar.

 

La estructura es una introversión y se explica por sí misma. Tiene muchos paralelos con la epístola a los Hebreos. En cada caso se tiene en vista una carrera, y la madurez como meta (Filip.3:12-15; Heb.6:1; 12:1, 2), y no deberíamos sorprendernos de eso cuando nos damos cuenta que Hebreos es la epístola del “premio” del periodo de los Hechos, tal como Filipenses lo sea del Misterio revelado después de los Hechos.

 

Algunos encuentran un problema en la mención de los “obispos y diáconos” en el versículo uno, pero, si lo consideramos bien, no es así. Creemos que esto se deba a la idea equivocada de que las asambleas organizadas solamente existiesen durante el periodo de los Hechos; y posteriormente, cuando el Gran Secreto de Efesios y Colosenses fue revelado, una tal unidad del testimonio se considera acabada; de alguna manera, las iglesias acabaron disolviéndose y dejaron de existir. Pero es que, cuando alguien intenta examinar el fundamento de una tal idea, en vano procurará por una sólida razón. Aun mismo al final, cuando fueron tantos los que abandonaron a Pablo (2ª Tim.1:15), eso no pone de lado  las varias iglesias ¡a menos que se asuma que todas estas personas se volviesen ateas! Todavía debió de darse abundante testimonio cristiano, aun pensando que fuesen en gran medida desprovistas de la verdad del sagrado “depósito” ofrecido a Pablo por el Cristo ascendido. En el periodo sub-apostólico sabemos ciertamente que las iglesias de Corinto y Filipos todavía se hallaban en existencia, pues Clemente escribió a la primera y Policarpo a la segunda, y tenemos sus cartas hoy en día (Vea Los Primeros Siglos y la Verdad por estos autores).

 

Ahora bien, es la voluntad de Dios que todo sea hecho “decentemente y orden”. El Apóstol Pablo estaba constantemente incumbido para que esto fuese lo que caracterizase a los varios grupos de creyentes. Un mundo pagano se hallaba observando y tan solo listo y al acecho para saltar sobre la presa si detectase alguna irregularidad entre las iglesias cristianas. Así podemos comprender que la provisión de líderes fuese una necesidad en medio de todas estas circunstancias, y el humilde pero valioso oficio del obispo (supervisores) y de los diáconos (siervos de la iglesia) sería una dádiva del Señor con este fin. Debemos retirar de nuestras mentes cualquier concepto moderno que tengamos de un obispo. En los días de Pablo este oficio sería desarrollado por los más fieles y humildes creyentes, cuyos hogares serían ejemplo de lo que los hogares cristianos debían ser, y por tanto un local apropiado para que los creyentes se juntasen unos con otros en el estudio, la alabanza y la adoración (1ª Tim.3:1-13).

 

Siendo así que sucedía durante los Hechos, la necesidad ciertamente no cesó a seguir a ese periodo, cuando el Misterio fue revelado con su nuevo llamamiento y manera de andar. La necesidad e importancia de un tal liderazgo sería todavía más grande, y la comunión en los hogares aún más necesaria que anteriormente, para que la nueva Verdad pudiese ser estudiada en conjunto y que el Cuerpo creciera como una unidad (Efesios 4:13, 15, 16). El propio hecho de que la instrucción concerniente a los obispos y diáconos fuese dada a seguir a Hechos veintiocho, cuando Pablo escribió su primera epístola a Timoteo, prueba esto mismo.

 

Algunos han intentado darle a 1ª Timoteo una fecha más temprana, y la ubican en el periodo de los Hechos, pero eso es imposible, y aun en el caso que así hubiese sido, persistiría el mismo problema con la epístola a Tito. A.M. Stibbs en La Nueva Biblia – Comentarios escribe (pag.1.063): Es de general acuerdo que sea imposible apropiar estas epístolas (las Pastorales) en los liminares de la vida de Pablo como la conocemos por los Hechos de los Apóstoles. Pues sus explanaciones demandan la aprobación o reconocimiento, de hecho, ellas por sí mismas,  fornecen la más decisiva evidencia, de que Pablo se hallaba liberto del encarcelamiento del cual leemos al final de los Hechos (Filip.2:24; Filemón 22)…

 

Los deberes de un supervisor (obispo) están claramente determinados en Hechos 20:28:

 

Mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual Él ganó por Su propia sangre.

 

Estos creyentes también son denominados “ancianos” en el versículo diecisiete, demostrando que estos dos títulos se referían al mismo oficio. La necesidad de edificar a la gente de Dios (que estaba siendo iluminada en el nuevo llamamiento de Efesios) ciertamente no acabó en Hechos veintiocho. Los Diáconos (diakonoi) serían responsables por ciertos deberes en asuntos conectados con la asamblea. La casa de Estéfanas se dedicaron ellos propios al servicio (diakonia) de los santos (1ª Cor.16:15), y se asociaron con otros que ayudaban y trabajaban en conjunto (vers.17). No hay oficios eclesiásticos exaltados en cualquiera de estos títulos. Esta exaltación fue en lo que degeneraron las organizaciones cristianas a medida que fueron apartándose más y más de la verdad original. Es importante observar que hubiera obispos (plural) en el comienzo, y no un solo obispo gobernando y supervisando, lo cual repetimos fue una degradación de la verdad original en el tiempo de Ignacio.

 

Desde el punto de vista en la carta de los Filipenses, observamos que la iglesia todavía estaba organizada en la más absoluta simplicidad y con el mínimo de los “oficios” para asegurar el curso ordenado del nuevo testimonio. Debido a que Pablo dirigiera su última carta a Timoteo, algunos, otra vez, asumen que, debido a eso, los grupos organizados de cristianos dejaron de existir. Pero lo más seguro es que no fuera así, pues vemos bien y comprendemos que el último pensamiento de Pablo antes del martirio se dirija al joven compañero, su especial querido y muy amado hijo en la fe, quien en breve tiempo debería tomar sobre sí la gran responsabilidad de mantenerse firme, manteniendo “el buen depósito” de verdad que él (Pablo) había recibido del Cristo ascendido, y que por eso mismo su última carta fuese personal, para su instrucción  y buen ánimo.

 

Al comienzo de Filipenses el Apóstol da gracias por los creyentes en Filipos: Doy gracias a Dios siempre que me acuerdo de vosotros dijo él. Aislado como se hallaba en su encarcelamiento romano, bien podemos imaginarnos que el pensamiento de Pablo se dirigiera continuamente hacia los varios grupos de hijos de Dios, y que su fiel ministerio de intercesión fuese el medio de afirmarlos. Por lo menos sus pensamientos no podían ser encadenados por la guarda Pretoriana Romana, como tampoco la Palabra de Dios (2ª Tim.2:8, 9). Nadie podía impedir su testimonio cristiano, tal como el resto del capítulo claramente testifica, pues, aun así, todavía producía abundantes frutos, mismo que estuviera encadenado a un soldado romano tanto de día como de noche. Siempre que se acordaba de la iglesia Filipense se sentía extremamente agradecido a Dios por ellos, y no solamente por causa del amor práctico que le habían demostrado enviándole un donativo, sino además porque participaban en la obra y el testimonio del Evangelio desde el primer día en que fue fundada su asamblea por el Apóstol. Por ese motivo estaban continuamente en sus oraciones con gozo en su corazón.

 

Aunque esta sea una epístola de sufrimiento, prueba, y sacrificio (1:29, 30; 2:17; 3:7, 8), mismo así, paradójicamente, también es una epístola de gozo y regocijo (1:4, 18; 2:16, 17, 18, 28; 3:1; 4:4, 10). Esto nos muestra que el creyente no precisa verse indebidamente afectado por sus circunstancias envolventes. Por muy atribulado que pueda estar, por la gracia y el fortalecimiento de Dios, puede sobreponerse a todo y venir a ser “más que vencedor” (Rom.8:37). El gozo es uno de los frutos del Espíritu (Gál.5:22), y esto es algo que no sufre fluctuaciones a diario, pues no depende de nada exterior, sino que habita como una posesión ofrecida por el Espíritu de Dios y se centra en toda la riqueza espiritual que hay en Cristo. Posteriormente en esta epístola, Pablo irá a revelar cómo podía ser independiente sin verse afectado por cualesquiera que fuesen las circunstancias (4:11-13). Una cuidadosa consideración de las ocurrencias de la palabra “gozo” nos dará mucha luz sobre esta más que atractiva gracia que se deja evidenciar tan maravillosamente en la fe cristiana. ¡Las caras de preocupación cristianas no ganan nuevos adherentes! Por otro lado, tampoco tiene nada que ver con la vacía burla divertida del mundo incrédulo, que tan a menudo se confunde con él.

 

Los Filipenses como creyentes habían demostrado la genuinidad de su fe por su obediencia a la verdad y su constante empeño dando a conocer el Evangelio, lo cual comporta una mucho mejor ocupación que la vacía profesión de meras palabras solamente. Pabló había asegurado que esta sería una obra permanente y continua:       

 

Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo (vers.6).

 

Cualquier cosa que Dios comienza, Él propio la finaliza o perfecciona; y esta es la respuesta final para todos aquellos que confiesan poder ser salvos hoy y perderse mañana. Además, debemos recordar que hay tres tiempos en la salvación y la redención. Hemos sido (pasado) salvos de la pena del pecado. Ahora (presente) somos salvos de su poder e influencia. En la resurrección, cuando nuestra esperanza se realice y obtengamos la salvación del cuerpo (Rom.8:23-25), seremos librados (futuro) de su misma presencia, pues vendremos a ser presentados “santos y sin mancha” (Efesios 5:27).

 

Este hecho nos muestra claramente que Dios completará la obra de salvación que Él propio comenzó. Si así no fuese, entonces Cristo habría muerto en vano. Los dos verbos “comenzar” y “acabar” se presentan juntos de nuevo en Gálatas 3:3; ¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzado (enarchomai) en el Espíritu, ahora vais a acabar (epiteleo) (perfeccionándoos) por la carne? ¿Podría la vieja natura pecadora completar lo que el Espíritu Santo, en la nueva natura ofrecida al creyente, vino a comenzar? La pregunta conlleva en sí misma la respuesta. En Filipenses la finalización vendrá a realizarse en “el día de Jesucristo” (Filip.1:10; 2:16). En su última carta lo denomina simplemente “aquel día” (2ª Tim.1:18; 4:8). Anteriormente, a la iglesia en Corinto, había declarado que este futuro “día” sería el día de prueba por nuestro servicio (1ª Cor.3:13), y lo ubicó en contraste con “el día del hombre” del tiempo actual (1ª Cor.4:3 R.V.). Este periodo es uno de los grandes proféticos “días” de la Escritura que no se puede limitar a las veinticuatro horas, y se halla en armonía con el tema de Filipenses, esto es, el resultado práctico de la verdad (2:2), un objetivo a ser alcanzado, y la participación en la carrera por un premio a ser condecorado al final por el Señor (3:12-16).

 

En la sección que ahora estamos presentando (1:3-26) tenemos tres referencias a la comunión y a la perseverancia (versículos 5, 12, 25) y entre medio una tripla confianza (pepoitha, versículos 6, 14, 25). Esto podría tener el siguiente arreglo:

 

A 1:3-5 Acción de gracias. Comunión y defensa del Evangelio.

    B 6-8 Confianza

 A 9-11 La oración de Pablo. Perseverancia en el Evangelio

    B 12-18 Confianza.

 A 19-21 La oración de los Filipenses.

    B 22-26 Confianza.

 

Después de haber afirmado su confianza en la plenitud y acabamiento de toda la obra en gracia del Señor en respaldo de los creyentes Filipenses (y en todos los hijos de Dios en esa materia), Pablo declara que le es justo sentir esto de todos vosotros, por cuanto os tengo en el corazón… (1:7). Phroneim, sentimiento o pensamiento, aparece frecuentemente en esta epístola. Se halla en 2:2 (dos veces), 16, 3:19; 4:2, y 10 (dos veces), “cuidado” y “solicitud”. Es obviamente una de las palabras clave. De hecho, toda la epístola se mueve alrededor de la “mente de Cristo” y su práctico resultado en el creyente. La palabra significa mucho más que un mero reconocimiento mental. Dedicación en empatía podría estar más cerca de su significado, el pensamiento que afecta el corazón y los actos en conexión con otros. Esto es lo que el Apóstol poseía en gran medida hacia todos sus convertidos, teniendo con ellos un vínculo tan próximo que no podía ser afectado ni alterado por la distancia. Os tengo en el corazón, dice él, y esta es una expresión de las más tiernas que empleó. Este vínculo también tuvo lugar y se debió a que, tanto él como los Filipenses, participasen juntos en la “defensa y confirmación del evangelio” y en la gracia de Dios que les impartía el necesario fortalecimiento para dicha defensa y confirmación (vers.7).

 

¿Qué querría decir Pablo por estas últimas palabras? Podría haber querido significar la fiel proclamación y defensa del Evangelio en su ministerio oral y escrito; o podría haberse referido a su experiencia en la prisión, pues los dos términos apología y bebaiosis son términos legales que podrían estar conectados con su examinación judicial ante el tribunal imperial. Moulton y Milligan, sobre la evidencia de los papiros, afirman que bebaiosis debe siempre ser interpretado con el sentido técnico en mente. En este caso significaría que, pudiendo tanto estar en prisión o ser presentado delante de sus jueces por causa del Evangelio, los Filipenses de todas formas participaban en la gracia que les estaba siendo ofrecida a ambos, pues ellos también estaban padeciendo (1:29). Y no solo eso, sino que tenía un intenso pesar por ellos, sin duda alguna agudizado por su encarcelamiento y separación. Esto fue una reflexión de la “tierna misericordia” (vers.8 A.V.) de Cristo; esta compasión dice respecto a la que el Señor mostró a los hombres en Su ministerio terrenal y que todavía conlleva hoy en día. Si Pablo no podía ver a los santos en Filipos, entonces oraría por ellos, y la oración que viene a seguir es, tan única y particular, que cada palabra debe ser cuidadosamente sopesada si queremos apreciar la plenitud de la oración. Pablo estaba empeñado en que el amor de ellos desembocase en el “conocimiento” o el “reconocimiento” y el “juicio”, con el fin de que fuesen capaces de “aprobar las cosas que son excelentes”; guiando a seguir a que fuesen “sinceros” e “irreprensibles” y “llenos con el fruto de justicia”. Observaremos que cada etapa guía a otra de más pleno desarrollo; “para” siendo en cada caso hina, para que, y la preposición eis expresando un objetivo (“para”, “hasta” y “hacia”).

 

El amor, para ser práctico y de verdadero valor, debe resultar en la obra o actuación. De ahí que, el práctico resultado, guíe al reconocimiento diario, y de aquí, por su vez, al discernimiento. No puede haber un crecimiento espiritual sin una verdadera respuesta práctica. La percepción mental de la verdad por si sola es estéril y desprovista de vida. Efesios 1:17 nos dice que, por el práctico reconocimiento, recibimos iluminación. Colosenses 1:10 nos instruye enseñado que, por el tal reconocimiento, crecemos. Filipenses 1:9 nos asegura que, por el mismo reconocimiento, obtenemos la importante habilidad para discernir y sopesar sobre los asuntos, para que seamos capaces de deducir lo mejor. La palabra “juicio” no se asocia aquí con un tribunal o con términos legales. Es aisthesis, “percepción” o “discriminación”, por lo cual tiene la persona la habilidad de sopesar las cosas con respecto a la cualidad, discerniendo así entre lo bueno y lo malo, o lo más bueno y lo mejor. Un término cognitivo, aistheterion, se emplea en Hebreos 5:14, teniendo los sentidos ejercitados para discernir tanto lo bueno como lo malo (R.V.), que tiene consigo la misma idea en vista. Ahora bien, esto es algo muy necesario en los acontecimientos y asuntos de la vida diaria. Nadie escoge deliberadamente lo que sea pobre en cualidad. El deseo natural es escoger lo mejor que la vida ofrece, y esta habilidad proviene del desarrollo mental y la experiencia. Y no es menos necesario en la vida cristiana si es que alguien desea apropiarse de lo mejor que Dios tiene para ofrecer. La Versión Autorizada, al margen, tiene la lectura alternativa para que podáis aprobar las cosas que difieran, lo cual, a primera vista, no parece tener mucha conexión con “aprobando las cosas que son excelentes”, hasta que uno se da cuenta de que, esta última frase, tan solo puede ser verdad cuando la previa haya sido antes reconocida. Los asuntos y las cosas generalmente difieren en cualidad, y es tan solo por la percepción y el cuidado sopesándolas que, lo que sea mejor, pueda ser apreciado y recibido. Diapheronta (excelente) tiene este significado en Mateo 6:26 y 10:31 (“mejor que”, “de más valor que”), y 1ª Corintios 15:41 (“una estrella difiere de otra estrella en gloria”).

 

Ahora bien, esta percepción y habilidad de sopesar los asuntos para deducir lo que sea “excelente” o lo “mejor”, es exactamente de lo que carecen muchos creyentes. No hay diferencia alguna en la verdad en su respectivo asunto. Toda ella es una y la misma. Pero por otro lado tenemos el ejemplo de Abraham, cuyos ojos de fe abrazaron el tal “mejor país” y la ciudad celestial (Heb.11:10, 16). A Abraham y a su posteridad ya se les había ofrecido un país terrenal, una buena tierra (Gén.15:18) que posteriormente fue descrita como “fluyendo leche y miel”. ¡Sin embargo aguardaba por algo mejor! Dios evidentemente le había dado un relance de la Jerusalén celestial, la cual, el Apóstol Juan también vio y describió en toda su gloria y belleza (Apoc.21). Abraham fue capaz de “sopesar” y “discriminar” y “probar las cosas que son excelentes” y, por la fe, abrazar lo mejor de Dios para él. Es de esta habilidad de la que hay tanta falta hoy en día en los círculos cristianos. ¿Para qué tendríamos que “dividir correctamente la Palabra de verdad? dicen ellos. ¿Para qué distinguir sobre las tres esferas de bendición en la Biblia? ¿Será necesario conocer estas cosas? ¡Nosotros somos salvos y eso es todo lo que importa!

 

Pues bien, el ejemplo de Abraham y de los dignos mencionados de Hebreos once condenan esta actitud. La fe que nos inunda desde lo alto desea lo mejor que Dios ha revelado. Esto no es presunción; es honrar y valorar lo que a Dios le ha placido dar a conocer para la obediencia a la fe. Lo contrario es la pereza espiritual e incredulidad, que tan solo podrá venir a resultar en pérdida para el creyente que sea indulgente con ello. ¡Es impresionante! ¡Nos quedamos a menudo sorprendidos con lo poco de la plenitud de Dios revelada que el creyente común se contenta y desea recibir!

 

En este punto Pablo introduce la figura de una carrera, y aquí, por lo tanto, la mente o pensamiento es lo que se tiene en vista y contiene toda la importancia. Aquellos que quieran ser victoriosos en la carrera deben tener “un mismo sentir” con el Apóstol (3:15). Esta cualidad, por tanto, de percepción espiritual, es una marca de aquel que se está empeñando en la carrera para obtener el premio celestial. Toda actitud mental que sea equivocada, tan solo obstaculizará y hará más lenta la carrera, y deberá ser rigurosamente descartada. Esto nos guía a la siguiente cláusula en la oración: “para que podáis ser sinceros e irreprensibles (sin ofensa) para el Día de Cristo” (literalmente, vers.10). La palabra “sinceros” es eilikrines, que también se emplea en 2ª Pedro 3:1. El nombre eilikrineia aparece tres veces (1ª Cor.5:8; 2ª Cor.1:12; 2:17). La derivación de donde provienen estas palabras es dudosa, y ninguna de ellas aparece en los papiros comunes. Hay dos posibles orígenes: (1) O sería una derivación de eilein, separar y dividir en una aleación, hasta que la materia extraña sea extraída y solo reste la sustancia pura, y esto describiría la mente que ha sido purificada y limpia por la Palabra de Dios (Juan 15:3; Salmos 19:9). Y (2), o podía ser derivada de dos palabras, heile, el brillo de la luz solar, y Krinein, juzgar, y así describiría cualquier cosa que pasase la pruebe o examen de la luz y no mostrase imperfecciones. Ambas son ideas procuradas por fuera que podrían apropiarse al contexto. El corredor con éxito en la carrera de Dios es aquel que ha sido purificado, que se ha despojado de todo el peso del pecado que tan constantemente nos asedia (Heb.12:1, 2), y que persevera en esta corrida con paciencia, con la mira puesta en Jesús,  Quien Principia y  Quien Acaba. O también, es aquel que permanece firme y pasa la prueba de Dios, Quien es la luz, que penetra hasta los más íntimos pensamientos y motivos de la mente y no encuentra allí nada que sea ajeno a Su voluntad. Una tal persona es “pura” o “transparente”, tal como Moffatt tan apropiadamente lo traduce.

 

También es “irreprensible” o “sin ofensa”, como traducen algunas versiones, es decir, no causa ofensa o tropiezo en otras personas; y así sería lleno con el fruto de justicia (observe que al margen de la R.Y, “fruto” es singular). Esta es la justicia práctica, la justicia en acción, tal como la figura del fruto siempre indica (Gál.5:22) y esta justicia proviene siempre “a través de Jesucristo” (1:11). El atleta no corre teorizando la carrera o meramente imaginándola, sino por el intenso esfuerzo, y la meta final es “para la gloria y alabanza de Dios”. Este es el examen, no la glorificación del hombre, ni mismo del creyente, sino la final gloria de Dios Mismo. Cada vencedor del premio se verá haber contribuido para esta gloria en el Día de Cristo. Pues es tan solo por la gracia y el poder de resurrección de Cristo que cualquiera de los pecadores salvos pueda centrase en la meta y recibir la corona y la “aprobación” de la justicia Impar (2ª Tim.4:8). Esta oración no tan solo sería necesaria para los santos Filipenses. Como miembros del Cuerpo de Cristo, cada uno de nosotros también precisa de ella experimentalmente y día tras día, y precisamos además ponderar continuamente su misma declaración y su práctico resultado en nuestras vidas.

 

Ahora da inicio una nueva sección en la cual Pablo informa a sus amigos Filipenses que, a pesar de su encarcelamiento y la hostilidad de los enemigos internos y externos a la iglesia, por encima de todos estos obstáculos a la verdad, todo estaba sirviendo para el progreso y la propagación del Evangelio. Cristo estaba siendo proclamado cada vez más, y estas tribulaciones estaban produciendo una verdadera eficaz respuesta por parte de los que las escuchaban.

 

Al mismo tiempo, por lo tanto, bajo el punto de vista humano, que pudiese estar deprimido, derrotado y frustrado, más bien sucedía lo contrario y se regocijaba, siendo consciente de la manera tan maravillosa en la cual el Señor estaba actuando, “haciendo con que todas las cosas ayudasen a bien” y para Su gloria.

 

Quiero que sepáis, hermanos, que las cosas que me han sucedido, han redundado más bien para el progreso del evangelio, de tal manera que mis prisiones se han hecho patentes en Cristo en todo el pretorio, y a todos los demás. Y la mayoría de los hermanos, cobrando ánimo en el Señor con mis prisiones, se atreven mucho más a hablar la palabra sin temor (1:12-14).

 

Es posible que los Filipenses hubiesen enviado un mensaje por Epafrodito expresando sus pesares por sus tribulaciones. Si así hubiese sucedido, entonces estos versículos estarían dando un informe actualizado de sí propio y de sus asuntos. ¡Cuán agradecido debía sentirse de poder comunicarles que las buenas nuevas estaban siendo difundidas a pesar de todas las dificultades! Y no solo eso, sino que su testimonio cristiano, en su encarcelamiento,  había estimulado un efecto sobre los creyentes en la localidad. Estaban perdiendo su temor y dando un denodado testimonio a la Palabra de Dios. Si es cierto que el temor sea contagioso, y generalmente lo es, también sucede lo contrario, con la valentía. El incondicional testimonio de Pablo en palabra y acto contagió a otros a su alrededor, y la verdad por tanto fue siendo proclamada cada vez más y más, de tal forma que muchos miembros de la guardia pretoriana se fueron acercando para oírlo. Este fue otro acontecimiento que le producía un gran regocijo.

 

Sin embargo, algunos estaban predicando a Cristo por un motivo equivocado. Tenían una manifiesta enemistad hacia el Apóstol, y esperaban agravar las aflicciones de su cautividad. Tal vez pensasen que podrían hacerle sentir celos por el éxito que pudieran obtener predicando. Había en ellos un fondo de envidia y contienda, de competitividad y rivalidad. Los medios de una tal actitud mental difícilmente se podrían imaginar en un cristiano, pero nunca se sabe hasta qué punto puede llegar un creyente cuando se deja dominar por la vieja naturaleza pecadora, y la operación del enemigo a través de ella. Si se imaginaron que podrían abrumar con eso al Apóstol, se equivocaron triste y rotundamente. Aquel glorioso grito que dio: ¿Qué, pues?, del versículo dieciocho, resuena casi como un verdadero desafío. ¿Qué, pues? dijo él, o dicho de una manera más coloquial, ¿Qué pasa con eso? Sea como sea, Cristo está siendo proclamado, dijo él, y eso es lo más importante. Por tanto me regocijo y continuaré regocijándome a pesar de todas las tales enemistades.

 

¿Qué puede echar abajo a una persona que consiga sobreponerse a sus adversas circunstancias tan maravillosamente? ¡Qué gran ejemplo para todos nosotros! Se precisa muy poca cosa para que algunos de nosotros nos entristezcamos, pero deberíamos sentirnos avergonzados al contemplar el triunfante testimonio que este gran siervo de Cristo dio en la más difícil de las circunstancias. Otra cosa que debió haber contribuido para el gozo de Pablo sería el hecho de poder contar con dos cosas: (1) las oraciones de los Filipenses en su respaldo. Y (2) la manera como el Espíritu de Jesucristo suplía sus necesidades (vers.19). Aunque por un lado el Apóstol fuese independiente, sin embargo valoraba mucho la oración de sus colaboradores en su respaldo (Rom.15:30; 2ª Cor.1:11; Efesios 6:18, 19; Colos.4:3). Sabía muy bien lo que sus continuas oraciones habían producido en la vida de los creyentes, y por tanto tenía conciencia de lo que podrían hacer del mismo modo por él. No olvidemos nunca este importantísimo ministerio de intercesión. A primera vista no parece que sea demasiado eficaz. No parece que produzca resultado ni que ocurra nada en particular, sin embargo ¡puede “mover la Mano de Quien mueve el mundo”!  Tanto si la “salvación” que Pablo menciona en el versículo diecinueve significa la liberación de su prisión, o si tiene en vista la salvación con la gloria eterna (2ª Tim.2:10), el contexto no lo aclara, pero hay espacio para ambos conceptos. El último significado se apropia con el versículo siguiente, en el cual el Apóstol menciona su “anhelo y esperanza” de en nada ser “avergonzado”, lo cual mira enfrente a la futura afirmación del Señor de su servicio.

 

Conforme a mi anhelo y esperanza de que en nada seré avergonzado; antes bien con toda confianza, como siempre, ahora también será magnificado Cristo en mi cuerpo, o por vida o por muerte (vers.20).

 

Aquí nos parece que Pablo tenía en mente Job 13:16, donde la Septuaguinta es idéntica “Y Él mismo será mi salvación”.

 

La única cosa que ocupa los pensamientos de Pablo a través de toda esta sección es la proclamación y exaltación de Cristo; el egoísmo es completamente dejado de lado. “Cristo será magnificado” es la nota clave resaltada continuamente; tanto si viva como si muera, ese no es el primer cometido de Apóstol. De ambas maneras, y como Él quiera, bien puede siempre contribuir para la gloria del ascendido Señor Jesús.

 

A primera vista, el versículo siguiente pareciera que contradice todo esto:

 

Porque para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia.

 

¿De quién sería la ganancia? ¿De Cristo, o de Pablo? La mayoría de los expositores parecen pensar que sea la de Pablo, pero eso sería una contradicción del propio espíritu de este contexto. Introduciría un motivo propio que el Apóstol no tenía para nada aquí en mente. Aun recordando que el capítulo tres señale el “premio del supremo llamamiento” (3:14), no debemos por eso asumir que sea este el único tema que se nos presenta delante en esta epístola. Pablo había ciertamente evitado seguir el espíritu de Pedro cuando dijo “He aquí, nosotros lo hemos dejado todo, y Te hemos seguido, ¿Qué ganamos con eso?” (Mat.19:27). La Companion Bible hace la siguiente observación sobre Filip.1:21: Si sus prisiones redundaron más bien para el progreso del Evangelio, ¿Qué tanto más no podría ocasionar su muerte? Y este es el punto aquí. Hay un quiasmo estructural aquí, el cual, cuando se exhibe plenamente, se lee así:

 

Pues para mí vivir es Cristo (Su ganancia), y morir es ganancia (de Cristo).

 

¡Si tan solo podemos darnos cuenta de lo que este pensamiento conlleva, toda nuestra vida y servicio tan solo anhelarán la gloria y magnificación de Cristo!

 

Apokaradokia, “anhelo” (vers.20), es una palabra pintoresca, utilizada solamente por Pablo en dos contextos: Romanos 8:19, el anhelo ardiente de la creación, y aquí. Fue muy probablemente acuñada por él propio, y describe una ardiente espera y anticipación del futuro, literalmente un “empinar el cuello” para ver lo que haya enfrente. Esta cierta futura esperanza conlleva un efecto sobre su prisión y prueba, haciendo de ellas “una leve tribulación momentánea”, mientras contemplaba estos gloriosos futuros escenarios (2ª Cor.4:17, 18), capacitándole de manera más resoluta a magnificar al Señor en su cuerpo, ¡tanto en sus presentes sufrimientos como en su final martirio!

 

En este punto, el lenguaje del Apóstol pasa a ser quebrado e irregular, reflejando de una viva manera sus pensamientos y sopesando en balanza la posibilidad de continuar el servicio para el Señor, siendo librado de la prisión, o dando su vida para Su Salvador. 

 

Mas si el vivir en la carne resulta para mí en beneficio de la obra, no se entonces qué escoger (vers.22).

 

La Versión Revisada al margen da la siguiente lectura alternativa: “Yo no lo doy a conocer”. Gnorizo aparece veinticuatro veces en el Nuevo Testamento, pero nunca en el sentido de “escoger”. Generalmente se traduce “hacer conocido”, o “declarar”, y lo que Pablo está diciendo aquí, no es que él no sepa lo que escoger, sino que no lo da a saber. Cualquiera que fuese su deseo personal, lo dejaría de lado, con tal que la voluntad del Señor fuese cumplida y Su gloria magnificada.

 

Había dos alternativas que se le presentaban: (1) partir y estar con Cristo, (2) permanecer vivo con el objetivo de servir a Cristo y a Su gente.

 

Porque de ambas cosas estoy en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor; pero quedar en la carne es más necesario por causa de vosotros (vers.23, 24).

 

Había dos cosas opuestas que le hacían estar en estrecho. Estaba “cercado por ambos lados” (J.B. Lightfoot). Si tan solo se considerase a sí mismo, entonces estar con Cristo sería infinitamente mejor, con todos los sufrimientos e imperfecciones de esta vida acabados para siempre. Pero el espíritu de este hombre tan intensamente desprovisto de egoísmo le controlaba de tal manera que estaba deseando anularse y dejar de lado su deseo totalmente. Era más necesario para los Filipenses (vers.24) que permaneciera vivo, y así pasó a ser esta la consideración predominante.

 

¡Qué cantidad de necias ideas y mismo estupideces han sido interpretadas en esta declaración: “partir y estar con Cristo”! Todos aquellos que insisten en esto parecen haber olvidado que Pablo ya había tratado del estado de la muerte y la resurrección posterior en 2ª Corintios cinco, y en 1ª Corintios quince, y que, siendo el hombre que era, no podría ahora estar contradiciéndose y causando confusión a las iglesias. La doctrina fundamental de la resurrección del creyente ha venido a ser tan pervertida por la moderna cristiandad, que muchos se aferran confiados tan solo a este versículo para soportar sus puntos de vista contrarios a la Escritura. Puede en verdad ser dicho que, para el creyente en el Nuevo Testamento, no hay manera de salir de la tumba excepto por la resurrección, tanto si venga a suceder en la consumación de su cierta esperanza, o en una externa – resurrección, una especial en conexión con su premio. Todos aquellos que no creen esto conveniente y apropiadamente, resaltan Filipenses 1:23 y dejan de lado olvidándose de Filipenses 3:11: “Si en alguna manera llegase a la externa o de fuera resurrección entre los muertos”  (literalmente). Este era el gran deseo del Apóstol en el capítulo tres, y eso no expresa un sentimiento opuesto a 1:23. Los dos versículos deben armonizar juntos. Considerar el partir y estar con Cristo, aparte de su anhelo por esta resurrección única, muestra una mente desequilibrada.

 

Este no es el momento de hacer una detallada exposición de 2ª Corintios cinco, pero el lector debería ponderarlo cuidadosamente y orando por iluminación, y entonces podrá ver que la última cosa que Pablo deseaba era el estado de la muerte, pues eso sería como estar “desnudo”. Antes bien añoraba “su hogar celestial”, el permanente lugar de habitación del cuerpo resucitado en contraste con la tienda temporal del cuerpo mortal actual. Sin una tal resurrección, los creyentes que hayan muerto, perecieron (1ª Cor.15:18), otro versículo que también ignoran convenientemente los que pervierten la Escritura.

 

En cuanto al tiempo, tanto de la resurrección del creyente como de la resurrección externa o de fuera, no vamos a tratar ahora, habiendo ya tratado este punto en otro lugar. Demasiado se ha conjeturado acerca del tiempo en vez de en la certeza de estas resurrecciones, y este tiempo se establece invariablemente por deducción, y no tanto por la clara enseñanza de la Escritura. En cuanto a la experiencia del creyente se refiere en estas materias, será la “muerte y la súbita gloria” para aquellos que se hayan “ido a dormir en Cristo”. No hay aquí, ni tenemos fundamento legítimo en esto, para violentas divisiones o facciones, y en estos intensamente tenebrosos y difíciles días precisamos tener cuidado y no permitirle al enemigo venir a causar divisiones entre los hermanos, y así anular la Divina unidad de Efesios cuatro, y la práctica unidad en el servicio puesta delante en Filipenses:

 

Y confiado en esto sé que quedaré, que aun permaneceré con todos vosotros, para vuestro provecho y gozo de la fe (1:25).

 

Y no solo esto, sino que además se sentía confiado de venir a ser librado de su prisión, y estar en condiciones de venir a visitarles de nuevo (vers.26). Esto les daría mucho gozo. En la Versión Autorizada la palabra “gozo” es demasiado tenue. Kauchema realmente significa “gloriarse” (tal como en la Versión Revisada), o mejor aún, “exultación”. ¡Qué gran resultado a sus oraciones por el Apóstol habría sido este, y cómo habría hecho brillar sus corazones verlo de nuevo en la carne y compartir con él las riquezas espirituales en Cristo!

 

El versículo veintisiete comienza una sección de exhortación y ejemplo, y no se debe tener en cuenta el corte del capítulo, pues esta sección se prolonga hasta el 2:18.  

 

Solamente que os comportéis como es digno del evangelio de Cristo… (vers.27).

 

El verbo politeuesthe se traduce correctamente al margen de la Versión Revisada como comportaros como ciudadanos dignamente. Podría ser traducido, “Que vuestra vida como ciudadanos sea digna del Evangelio”. Ellos tenían una ciudadanía celestial (3:20) y su vida actual aquí debía reflejar eso mismo, tanto si Pablo fuese capaz de visitarles como si no.

 

Precisamos recordar continuamente que hay una tripla connotación para “andar dignamente” en las Epístolas en Prisión:

 

“Andar dignos del llamamiento” (Efesios 4:1).

“Andar dignos del evangelio” (Filip.4:1).

“Andar dignos del Señor” (Col.1:10).

 

Y esto cubre e incluye toda circunstancia en el hogar y fuera de él. Los Filipenses, como ciudadanos romanos, estaban muy orgullosos de sus privilegios civiles con todos los beneficios que acarreaba ser de una colonia Romana. Aunque viviesen muy alejados de Roma, disfrutaban de sus privilegios como si estuvieran residiendo en la capital. Tal como Debelius lo expone: Eso significaba una colonia extranjera, cuya organización reflejaba en miniatura la politeia de la tierra patria.

 

Similarmente, desde un punto de vista espiritual, aunque alejados de los lugares celestiales, seguían siendo ciudadanos por la gracia de aquella exaltada esfera, y por tanto no podían eludir la responsabilidad que una tal sobreabundante bendición les traía consigo. Nosotros también estamos en su misma posición; en cierto sentido, mucho más es cierto sobre esta tierra, aunque no tengamos nuestro hogar aquí. Somos peregrinos, estando solo de paso hacia nuestro hogar en los celestiales. Ojalá que nuestra práctica respuesta sea igual a la de los creyentes Hebreos que por su fe y conducta declaraban abiertamente que procuraban un mejor país, uno celestial (Heb.11:14-16). La nueva sección de Filipenses, en la cual nos introducimos ahora, comienza en 1:27 con la palabra “solamente” que es muy enfática, tal como también lo es en Gálatas 3:2. Tiene la fuerza de “por encima de todo”, pues la práctica cristiana que viene a seguir es esencial si es que la verdad venga a experimentar un progreso. Si los grupos de creyentes no pueden de manera práctica exhibir en sus corporaciones aquello que profesan, ¿quién irá a tomarlos en serio? La palabra que el Apóstol emplea no es la usual “solo”, peripateo, sino politeuesthai, que es cognitiva con la palabra “conversación” (Versión Autorizada), o “ciudadanía” (Versión Revisada) de Filipenses 3:20. En el versículo que estamos considerando, es preferible la Versión Revisada: Que vuestra manera de vivir sea digna del evangelio de Cristo, y al margen leemos: comportaos como ciudadanos.    

 

Ya hemos señalado la fuerza que tiene todo esto. Si los Filipenses como ciudadanos romanos disfrutaban de grandes privilegios civiles, entonces debían tener en cuenta la responsabilidad que eso conllevaba. De igual modo, como ciudadanos de los celestiales, debían comportarse como tales, y reflejarlo estando firmes con intrépido coraje en la absoluta unidad en el servicio y el testimonio. No hay duda alguna de que cualquiera que sea este pensamiento completa la preciosa unidad del Espíritu, la fe y el cuerpo en Efesios cuatro, que forman una tan importante parte del "andar digno” del creyente. Hablar acerca de guardar estas cosas, y al mismo tiempo hacer algo que quiebre la unidad del grupo en el servicio, es engañarse a uno mismo.

 

Para reforzar esta verdad, la mente entusiasta de Pablo pasa de repente de la figura de los privilegios civiles a una del equipo de atletas combatiendo en una misma mente y un mismo espíritu:

 

Solamente que os comportéis como es digno del evangelio de Cristo, para que ya sea que vaya a veros o que esté ausente, oiga de vosotros que estáis firmes en un mismo espíritu, combatiendo unánimes por la fe del evangelio; y en nada intimidados por los que se oponen… (1:27, 28).

 

Y esta idea vuelve a repetirse en 4:1: “Estad así firmes en el Señor”. Cualquier posibilidad de quiebra en la armonía interna, tal como la sucedida en la iglesia Corintia, era repudiada por el Apóstol. Él sabía muy bien cuan destructora podía ser la obra en manos de Satán y cómo arruinaba el testimonio para el Señor. Los Filipenses debían permanecer firmes, no tan solo individualmente, sino juntos como una compañía en una sola alma (literalmente) y en un solo espíritu. Debían mantenerse juntos, sunathleo, un término asociado con los juegos olímpicos, el cual empleó Pablo una vez más en 2ª Tim.2:5:

 

Y también el que lucha como atleta, no es coronado si no lucha legítimamente.

 

Debían llevar a cabo esto juntos en un mismo sentir, y este es el pensamiento recurrente en esta más práctica epístola, lo cual ignoraremos para peligro nuestro. Será de mucha utilidad observar cómo se enfatiza este punto en Filipenses por el número de otras palabras que Pablo compuso con la preposición sun, “junto con”:

 

Sungkoinonesantes "participar conmigo" (4:14).

 Sungkoinonous "participantes conmigo" (l:7).

 Sungchairo "regocijarse juntos" (2:17,18).

Suzuge "combatientes juntos" (4:3).

 Sunergon "colaborador y compañero" (2:25).

 Sullambanou "colaboradores míos" (4:3).

 Summimetai "imitadores míos" (3:17).

 Summorphos "semejanza" (3:21).

 Summorphizomenos "para ser conforme" (3:10).

 Sumpsuchoi "sintiendo lo mismo (una misma alma)" (2:2).

 Sustratiotes "compañero de milicias" (2:25).

 

Aquí tenemos comunión, un compartir juntos en el sufrimiento, y en trabajos, y en regocijo y en espíritu. Una tal unidad los mantendría firmes, a pesar de todos los intentos por dividirlos, que sería una “señal de perdición” para sus oponentes. Moffatt traduce de una manera muy viva: combatiendo lado a lado, y sobre todo esto el Señor estaría presidiendo, supervisando todo, para que los Filipenses finalizasen la salvación, y que fuesen “más que vencedores (Rom.8:37), al mismo tiempo que permitían a los enemigos, con todo el poder de las tinieblas por detrás de ellos (Efesios 6:12), se manifestasen para su propia perdición.

 

La “fe del Evangelio” refiere sin duda alguna a todo aquel “buen depósito” de verdad que habían recibido los Filipenses a través del ministerio de Pablo, y que los enemigos estaban intentando obstruir. Era un privilegio, no solamente recibir este buen depósito por la fe, sino soportar tribulaciones por él. La palabra “concedido”, echaristhe, está formada sobre la raíz del nombre charis, gracia. Padecer por la palabra de Dios concedida no es algo que se asocie con el temor, sino que es una marca de su significativo favor, garantizado que provenga por causa de Cristo. Un tal punto de vista debió mudar la situación y capacitar a la iglesia Filipense para atravesar con gozo cualquier persecución que fueran llamados a soportar. Aquí nos acordamos de Pedro y de Juan, que, después de haber sido azotados, salieron del Sanedrín, “regocijándose de haber sido considerados dignos de padecer afrenta por causa de Su nombre” (Hechos 5:41).

 

Tales padecimientos por tanto no suceden por acaso. El Señor tenía el control en la situación, y lejos de ser una marca de Su descontentamiento, era una señal de Su aprobación. Y además, el Señor se identificaba a Sí propio con el sufrimiento de Sus hijos, tal como Pablo claramente comprobó en carne propia por las palabras del Salvador cuando le arrestó de forma tan dramática en el camino a Damasco, y le dijo: Yo soy Jesús, a Quien tú persigues (Hechos 9:4, 5). Pablo les recuerda a los Filipenses que, no tan solo ellos estaban a ser probados, sino que él propio compartía de sus padecimientos en su prisión romana. Esta idea se enfatiza por la palabra “el mismo”.  

 

Teniendo el mismo conflicto que habéis visto en mí, y ahora oís que hay en mí (Filip.1:30).

 

Estaban envueltos en un conflicto común, en parte del cual le habían visto envuelto en los primeros días en Filipos.  

 

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