La Piedra Angular

La Piedra Angular

Existen muchos cristianos evangélicos que adoptan su posición basándose en la tripartita presentación del evangelio, esto es: “Cristo crucificado, Cristo resucitado, y Cristo volviendo de nuevo”, y se quedan horrorizados si se les dice, que, así ellos, omiten una fase que completa la totalidad. La parte omitida es nada más y nada menos que “Cristo ascendido”. Ahora estamos listos para escuchar al lector diciendo: “Pero es que la ascensión con toda certeza no se puede comparar en rango ni con la muerte ni con la resurrección de Cristo” Sin embargo, nosotros, creemos que, aunque cortos como estamos de espacio, seremos, aun así, capaces de producir suficientes pruebas evidentes por la Escritura, para justificar más que de sobra nuestra declaración.

El único Evangelio de los cuatro que omite la ascensión es Mateo, pero es que este hecho se encuentra en armonía con su enseñanza concerniente al reino del cielo. Si alguien pensase que la ascensión se omita además por Juan, por el hecho de que no aparezca en el último capítulo, nosotros recomendamos una lectura del capítulo 20. No tan solamente a Su próxima muerte y resurrección hace referencia el Señor, sino que además también habló en más de una ocasión de Su ascensión:

“Nadie subió al cielo, sino el que (Aquel que) descendió del cielo: El Hijo del Hombre que está en el cielo” (Juan 3:13).
“…Yo soy el pan que descendió del cielo. Y decían (los Judíos): ¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre nosotros conocemos? ¿Cómo, pues, dice éste: Del cielo he descendido? (Juan 6:41, 42).
“… ¿Esto os ofende? ¿Pues qué, si viereis al Hijo del Hombre subir adonde estaba primero?” (Juan 6:61, 62).

Aquí estamos viendo y palpando el tema más vital de las Escrituras, nada menos que el propio misterio de la piedad. Para ver que esto no sea simplemente la expresión figurativa de un entusiasta, vayamos a 1ª Timoteo 3:16, y observemos allí los puntos de apertura y de cierre: “Indiscutiblemente grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne…recibido arriba en gloria”. Observaremos que, comparando Juan 6:42 con la propia respuesta del Señor, y esta revelación en 1ª Timoteo 3:16, la deidad de Cristo, haciéndose de carne, la finalización de Su obra, y Su reasumir de gloria: todas esas cosas están en ambas Escrituras profundamente envueltas. Omitir esta consumación del misterio de la piedad es dar lugar al satánico misterio de iniquidad, el cual, con blasfemas pretensiones, del mismo modo, coloca a un “hombre” sobre el trono de la deidad (2ª Tesal.2:3-12).

La ascensión de Cristo fue el gran testimonio de la Escritura para con el hecho de que Su obra había finalizado:

“HE ACABADO LA OBRA QUE ME DISTE QUE HICIESE…y YO VOY A TI” (Juan 17:11; y vea además 13:3).

La ascensión de Cristo es la base donde asienta la victoria del creyente durante el presente conflicto del día actual: “¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que (Quien) también resucitó, el que ADEMÁS ESTÁ A LA DIESTRA DEL DIOS, el que (Quien) también intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo?¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?...Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó” (Rom.8:34-37).

El hecho de que Cristo haya ascendido capacita al creyente no solamente a triunfar sobre tales cosas mundanas como el hambre o la desnudez, sino además sobre “la muerte, la vida, ángeles, principados y potestades” también, pues Pedro declara hablando de Cristo que Él “habiendo ido al cielo, y estando en la diestra de Dios, tanto ángeles como autoridades y poderes le están sujetos a Él” (1ª Pedro 3:22). La obra acabada de la cual se habla en Juan 17 en conexión con la ascensión se magnifica en gran manera en la epístola a los Hebreos. En dos de las referencias se haya presente el misterio de la piedad:

“En estos postreros tiempos nos ha hablado por el Hijo (en el Hijo)…habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de Sí Mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas” (Heb.1:2, 3).
“…Me preparaste un cuerpo…Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios” (Heb.10:5, 12).

En estos dos pasajes se observa la misma secuencia que en 1ª Timoteo 3:16, “manifiesto en la carne…recibido arriba en gloria”. Hebreos 8:1 nos dice:

“Ahora bien, el PUNTO PRINCIPAL de lo que venimos diciendo es que: tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en las alturas”.

En conexión con esta ascendida posición se halla la bendita esperanza de una “perpetua salvación”:

“Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por Él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Heb.7:25).

La palabra clave de Hebreos es “perfecto”, y la gran exhortación (Heb.13:20, 21) se encuentra en las palabras de Hebreos 6:1: “Vamos adelante a la perfección”. La palabra “perfecto” se asocia a la palabra “finalidad”, y el concepto escritural de la perfección no es aquel que se conoce por el nombre de “perfección sin pecado”, sino de alcanzar la finalidad para la cual el individuo ha venido a ser salvo, tal como Pablo expone en Filipenses 3:12: “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya seaperfecto, sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús”.  Decimos todo esto porque la “perpetua salvación” es aquella que prosigue hasta el pleno “acabamiento” o que recorre “todo el camino”, y sin el Cristo ascendido esta plena salvación se hallaría en peligro. Si bien sea suficiente decir en Hechos 1:9 que: “Fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos”, eso no es suficiente para la epístola a los Hebreos. Esta epístola dice

“Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que TRASPASÓ LOS CIELOS” (Heb.4:14).
“Porque tal sumo sacerdote nos convenía, (Quien fuese) santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho MÁS SUBLIME que los cielos” (Heb.7:26).
“Porque no entró Cristo en el santuario hecho de manos, figura del verdadero, sino en EL CIELO MISMO, para presentarse ahora por nosotros ante Dios” (Heb.9:24).

Si bien no sea posible fijar la fecha de la epístola a los Hebreos, su propio título, “a los Hebreos”, así como sus referencias al pueblo de Israel, nos asegura que, dispensacionalmente, no pertenece a un periodo que sea peculiarmente Gentil en carácter. A través de todo el relato de los Hechos de los Apóstoles vemos una disputa y controversia que precisa de la clara y cortante enseñanza de Hebreos para prevenir evitando que una forma Judaizante de Cristiandad empape la verdad. En Romanos y Gálatas la oposición y enemistad proviene del Judío, con sus obras de la ley. En el último capítulo de los Hechos se alcanza y llegamos a una crisis. El Israel disperso se comporta y actúa precisamente de la misma forma que lo había hecho el Israel en el territorio, y justo allí, en Hechos 28, somos testigos de la puesta de parte y repudio del tal pueblo, “hasta que haya entrado la plenitud de los Gentiles”. No se requiere un profundo conocimiento de la Escritura para darse cuenta que, el repudio y puesta de parte del escenario de un tal pueblo como Israel, debió necesariamente haber precipitado una crisis, y que esa crisis envuelve mudanzas muy drásticas en los tratos de Dios con los hombres. Es justamente aquí, donde, la ascensión de Cristo, viene a ser de tan fundamental importancia. Repudiado por Israel, Cristo ahora es Quien repudia a Israel, y Sus reclamos sobre la esfera terrenal de los propósitos de Dios se quedan temporalmente en suspenso, siendo reatado a la fuerza cuando el “misterio de Dios” haya sido concluido (Apoc.10:7) en un día venidero.

Ahora sabemos, a través de la revelación dada en epístolas tales como la de Efesios y Colosenses, que Dios, en Su sabiduría, había previsto de antemano el repudio de Israel, y en directa asociación con el Cristo ascendido ha revelado, a seguir a Hechos 28, en aquellas epístolas denominadas por conveniencia “Las Epístolas en Prisión” (Efesios, Filipenses, Colosenses, y 2ª Timoteo), un misterio o secreto que estaba planeado y propuesto “antes de la fundación del mundo” (Efesios 1:4), y “antes de los siglos (o edades)” (2ª Tim.1:9), el cual misterio concierne a una compañía de creyentes apartados principalmente de entre los Gentiles, que fueron “escogidos en Cristo antes de la fundación del mundo”, y hechos un “cuerpo conjunto” (Efesios 3:6), benditos con todas las bendiciones espirituales “en los lugares celestiales” (Efesios 1:3), creados como “un nuevo hombre” (Efesios 2:15), y sin pared intermedia de separación que perpetuaba la distinción entre el Judío y el Gentil (Efesios 2:14). Todas estas bendiciones están íntima e inseparablemente conectadas con el Cristo ascendido. “Los lugares celestiales”, la esfera de estas nuevas bendiciones, se define como el lugar donde Cristo ascendió a seguir a Su resurrección: “Por encima de todo principado y potestad”, etc., (Efesios 1:20, 21), y de esta compañía única de creyentes no solo se dice que están “resucitados juntamente”, sino además “sentados juntamente en los lugares celestiales en Cristo Jesús” (Efesios 2:6). Un nuevo ministerio, con una obra definitiva en conexión con esta nueva compañía, fue dada por el Cristo ascendido:

“Subiendo a lo alto…dio dones a los hombres…y Él Mismo constituyó a unos apóstoles…para la edificación del cuerpo de Cristo” (Efesios 4:8-12).

No pretendemos que le hayamos hecho justicia a este gran tema del misterio; todo lo que un panfleto de estas características puede hacer es despertar el interés para inquirir…si es que “estas cosas sean así”   

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