Las llaves de Pedro y las puertas de Pablo

Las llaves de Pedro y las puertas de Pablo


Si las llaves de una hilera de casas se mezclasen, sería muy probable que ninguno de los residentes fuese capaz de separar del resto las suyas propias. La ley de las permutas y combinaciones, que nos dificultaba tanto nuestros años escolares, le permite al cerrajero efectuar tantas variaciones en las caras de la llave, que, por prácticos propósitos, pueden garantizar que un duplicado suyo, de dicha llave, sea imposible de efectuar. Cuando imaginamos una llave, por tanto, tenemos siempre presente y recordamos que “A cada puerta corresponde su llave apropiada”. Es cierto, en muchas casas o dependencias empresariales, el presidente de la firma, porta consigo una “llave maestra”, la cual abre todos los compartimientos en la empresa, sin embargo, no está disponible para los siervos. Una llave, por otro lado, es un objeto pequeño. Su importancia apenas si se tiene en cuenta, hasta que la puerta se niega a dar acceso al dinero necesario que contiene dentro, o cuando a la casa (donde el calor y el confort pueden disfrutarse) no se consiga entrar, por causa de haberse perdido la llave.
Volviendo a las Escrituras, encontramos que el Señor Jesucristo posee la llave maestra. Hallándose ahora en todo el triunfo y gloria de la resurrección, Él declara:
Yo soy el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades” (Apoc.1:18).
Aquel que posea las llaves de la muerte, posee la llave maestra. Esta llave no ha delegado jamás el Señor a hombre alguno, aunque tuviera, eso sí, dos siervos prominentes, Pedro y Pablo. A Pedro le dio las llaves del reino del cielo, mientras que a Pablo le abrió muchas puertas de servicio, y la cuestión que ahora nos hacemos y procuramos responder en este pequeño estudio es, “¿Se adapta y apropia la llave de Pedro a las cerraduras de Pablo”? Sin contar con lo que las figuras literarias signifiquen, muchos aseguran que: ¡Es la Iglesia de los Hechos ministrada por Pedro, una y la misma, que la iglesia ministrada por Pablo! La importancia de la procura reside en el hecho de que Pablo, se enfatiza continuamente, poseía una dispensación y apostolado para con los Gentiles, y la confusión que existe en la iglesia y en su totalidad, así como en la mente de los individuos, se parece mucho al resultado que se da, entrando en la casa equivocada, y procurando reunir cosas, que, por naturaleza, se mantienen por separadas. Cristo es la Cabeza de cada departamento en los propósitos de gracia. El posee la llave maestra; lo cual nosotros gratamente reconocemos y no  cuestionamos en absoluto. Observemos, por tanto, en cuanto el espacio nos permita, las llaves de Pedro y las puertas de Pablo, para ver si las llaves de uno se apropian a las cerraduras del otro.

Las llaves del Reino de los Cielos
Es de común conocimiento, que, el evangelio de Mateo, trata de manera muy especial con el reino del cielo. En las primeras bienaventuranzas del Sermón de la Montaña tenemos dos declaraciones que se relacionan con la esfera de este reino:
“Bienaventurados los pobres en espíritu; porque de ellos es EL REINO DEL CIELO” (Mateo 5:3).
“Bienaventurados son los mansos; porque ellos heredarán LA TIERRA” (Mat.5:5).

Si el Reino del cielo significara que sus sujetos “irán al cielo” un día, ¿bajo qué principio de justicia y equidad actuó Dios decidiendo, entonces, que los pobres en espíritu irán al cielo, mientras que los mansos permanezcan en la tierra? ¿No estaremos más próximos de la verdad, si decimos, que, el reino del cielo, sea un reino sobre la tierra, el cual vendrá a ser gobernado por el mismo Señor y las leyes que ahora rigen en el cielo? Y ¿no confirma esto mismo la oración registrada en Mateo 6:10?:

“Venga Tu reino; hágase Tu voluntad así en la tierra, como (ahora es, y se hace) en el cielo”

Juan el Bautista, en el espíritu y poder de Elías (Lucas 1:17), y Abraham, Isaac y Jacob sentados en este reino (Mateo 8:11), refuerzan este punto de vista. Es en Mateo 16, al cierre de la primera sección del Evangelio de Mateo (indicado por las palabras paralelas de 4:17 y 16:21), y a seguir a Su repudio en Sus tres oficios Mesiánicos, mostrando en Mateo 12:6, 41, 42, que el Señor habla de Su iglesia (una compañía llamada por separado) como siendo totalmente distinta de la nación, y le da las llaves del reino del cielo a Pedro (Mateo 16:18, 19). El punto que procuramos resaltar es que Pedro utilizó estas llaves en los Hechos de los Apóstoles, las cuales estuvieron estrictamente confinadas a la iglesia del reino de los cielos, es decir, aquel remanente de fe que en los tiempos apostólicos anticiparon la gloria plena del reino que estaba todavía por venir. Todo esto puede probarse leyendo los Hechos, las notas siguientes llaman nuestra atención señalando las características que sobresalen.

La esfera del ministerio de Pedro

En Hechos 1:8 el Señor indica la esfera del ministerio de aquellos que se asocian con Pentecostés, y en la Versión Autorizada (y en la Reina Valera) aparecen propagándose, desde Jerusalén, hasta lo último de la tierra. La Versión deRotherham dice así: “Los confines de la tierra”, con lo cual se remueve todo lo necesario para acusar a Pedro y a los doce de infidelidad, y revela la verdadera extensión de la comisión que detentaban. El mundo se traduce en la Versión Autorizada “tierra” 14 veces.

En el día de Pentecostés, después del bautismo del Espíritu, y en las palabras de apertura de este nuevo ministerio, debemos con toda certeza esperar la verdad sin prejuicios. Veamos de cerca a Pedro empleando la llave del reino del cielo, y observe algunas de las especiales peculiaridades de la cerradura a las cuales su llave debe adaptarse. La primera cosa que nos sorprende es que el objetivo de su discurso se dirige tan solo y siempre a los de Israel:

“Varones JUDÍOS, y todos los que habitáis en JERUSALÉN” (Hechos 2:14).
“Varones ISRAELITAS” y “toda la casa de ISRAEL” (Hechos 2:22, 36).
“Varones ISRAELITAS…vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que se os diera un homicida” (Hechos 3:12-14).
“Vosotros sois los hijos de los PROFETAS,  y del pacto que Dios hizo con NUESTROS PADRES” (Hechos 3:25).

El Dios de Pentecostés es:

“El Dios de ABRAHAM, y de ISAAC, y de JACOB, el Dios de NUESTROS PADRES” Hechos 3:13).

La resurrección de Cristo y el derramamiento del Espíritu se centran sobre el “trono de David” (Hechos 2:30, 33). Tal fue la “iglesia” de Hechos 2:47, un cumplimiento de la profecía de Joel (Hechos 2:17-21).

 Todavía encontramos las mismas específicas hendiduras de la cerradura en otros capítulos. En Hechos 5:30, 31, se dice de Cristo haber sido resucitado por “el Dios de nuestros padres, para dar arrepentimiento a Israel”, y para que el lector no se vea tentado a decir que esto no sea otra cosa, sino el resultado del prejuicio Judío, el pasaje continúa, diciendo:

“Y nosotros somos testigos Suyos de estas cosas, y asimismo EL ESPÍRITU SANTO” (Hechos 5:32), con lo cual los críticos se quedan en apuros, y en cuanto a la acusación de estar actuando bajo el prejuicio Judío concernido, Pedro, a seguir dice que este espíritu santo había sido otorgado por Dios para “todos cuantos le OBEDECEN (a Él)” (Hechos 5:32).

 La primera vuelta de llave en la cerradura de la puerta Gentil había sido hecha por Esteban, quien rápidamente fue destruido por el maligno, y Saulo, que escuchó sus incendiarias palabras y vio su brillante faz, estaba destinado, tal cual otro Set, a continuar llevando este mensaje hasta su gloriosa consumación. En el capítulo 11 encontramos misioneros en lugares como Fenicia, Chipre y Antioquía, quienes sin embargo estaban:

“No hablando a NADIE la Palabra, sino SOLO A LOS JUDÍOS” (11:19).

Ahora debemos, no en tanto, volver nuestros pasos atrás, pues Hechos 9 y 10 son cruciales. En Hechos 9 el mismo Señor que escogió a Pedro para darle las llaves del reino del cielo, ahora escoge a Saulo de Tarso para llevar Su nombre delante de los Gentiles. Aquí tenemos por primera vez, en los Hechos, a los Gentiles siendo objetos de la misericordia. En el capítulo 10 de Hechos Pedro recibe un aviso, el cual fue empleado posteriormente para prevenir a la Iglesia de Jerusalén de oponerse, o dificultar, el nuevo ministerio de Pablo. Pedro deja ver muy claramente su propia actitud. A Cornelio, un varón piadoso, que oraba continuamente y daba muchas limosnas, le dijo:

“Vosotros sabéis CUÁN ABOMINABLE es para un varón JUDÍO juntarse o acercarse a un EXTRANJERO; pero a mí me ha mostrado Dios que a ningún hombre llame COMÚN o inmundo” (Hechos 10:28).

Pedro aquí está haciendo una serie de importantes admisiones:

(1)  Todavía se consideraba a sí propio un hombre Judío.
(2)  Todavía se hallaba bajo la ley que hacía de Israel un pueblo aparte.
(3)  Todavía seguía considerando a todos los hombres, de cualquier otra nación, como común e inmundo.

Cada uno de estos puntos es diametralmente opuesto a la enseñanza de Pablo, quien enseña que en la iglesia a la cual ministra:

(1)  Ya no hay Judío ni Gentil.
(2)  Que toda la maquinaria de la ley ha dado lugar ahora a la nueva creación en Cristo.

Aquellos que continuaron en la doctrina de los apóstoles “tenían todas las cosas en común” (Hechos 2:44), sin embargo, nunca podrían ser visto ni “juntarse” en la compañía  con un Gentil, y le denominaban en cambio “común” e “inmundo”. La palabra “juntarse” indica comunión con discípulos, tal como se muestra en Hechos 9:26, donde se traduce “juntarse con”. Si Pedro actuó como lo hizo cuando fue obligado a dirigirse hasta Cornelio, cualquiera se imagina lo que habría ocurrido si hubiera sido Dionisio, el areopagita, quien “se juntase (la misma palabra) con él” (Hechos 17:34). Por todo lo examinado, parece evidente que las llaves de Pedro que se apropian a las puertas del reino del cielo (el reino de Dios sobre la tierra) no entraría ni podrían girar dando vuelta en las cerraduras de las puertas abiertas por el Señor de Pablo.

En resultado de un especial llamamiento por el Espíritu Santo, y en entera y total independencia de Jerusalén, los apóstoles Pablo y Bernabé llevan el evangelio a los Gentiles hasta su regreso de Antioquía:

“Refirieron cuán grandes cosas había hecho Dios con ellos, y cómo había ABIERTO la PUERTA de la fe a los GENTILES” (Hechos 14:27).

La experiencia de Pedro con Cornelio le capacitó para sofocar la oposición manifiesta por los apóstoles y hermanos en Jerusalén, recordándoles cómo:

“Hacía ya algún tiempo que Dios escogió que los Gentiles oyesen por mi boca la palabra del evangelio, y creyesen” (Hechos 15:7),

 lo cual, explicó Jacobo (Santiago), cómo estaba en armonía con la profecía de Amós, y relativa a la restauración del tabernáculo de David. Pero Pedro no efectuó milagro alguno cuando estaba delante de Cornelio, pues los milagros eran las señales del apostolado (Gál.2:7, 8, y 2ª Cor.12:12), y él no era el Apóstol para con los Gentiles.

Pablo y Bernabé, en cambio, declararon:

“Cuan grandes señales y maravillas había hecho Dios por medio de ellos entre los Gentiles” (Hechos 15:12).

Una gran puerta fue abierta para Pablo en Efesios (1ª Cor.16:9), y otra en Troas, cuando se dirigía atravesando con el evangelio hacia la propia Europa (2ª Cor.2:12), sin embargo las llaves de Pedro no servían aquí para nada. Y a seguir, cuando Israel fue puesto de lado, y Pablo fue hecho prisionero del Señor por los Gentiles, oró por una nueva puerta abierta, en conexión con sus “cadenas”, y el “misterio” (Colos.4:3), lo cual es el objetivo y meta que estos estudios pretenden explicar.     

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