EL LIBRO DE LEVÍTICOS


 
 
THE
BOOK OF LEVITICUS
 
BY THE REV.S. H. KELLOGG, D.D.
 
AUTHOR OF
"THE JEWS; OR, PREDICTION AND FULFILMENT," "THE LIGHT OF ASIA
AND THE LIGHT OF THE WORLD," ETC.
 
FIFTH EDITION
 
London
 
HODDER AND STOUGHTON
27, PATERNOSTER ROW
------
MCMVI
 
Printed by Hazell, Watson& Viney, Ld., London and Aylesbury.
__________________________________________________________________
 
 
 
 
 
PARTE I.
 
   EL TABERNÁCULO DE ADORACIÓN
 
   I.-X., XVI.
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     Sección 1. La Ley de las Ofrendas: i.-vi.
 
     Sección 2. La Institución del Servicio del Tabernáculo: viii.-x.
 
             (1) La Consagración del Sacerdocio: vii.
 
             (2) La Investidura del Sacerdocio: ix., x.
 
     Sección 3. El Día de la Expiación: xvi.
     ____________________________________CAPÍTULO I.


INTRODUCCIÓN

       “Y el Señor llamó a Moisés, y habló con él desde el tabernáculo de reunión.” –Lev.1:1. 

Tal vez ningún otro libro en la Biblia se presente para el lector común con tantas y tan peculiares dificultades como con este libro de Levítico. Aun mismo para aquellos que sean devotamente creyentes, porque hayan sido enseñados desde su infancia, este libro, al igual que todos los libros contenidos en la Sagrada Escritura, tiene que ser recibido a través de la incuestionable fe, siendo como es, la mismísima Palabra de Dios. Un vasto número, sin embargo, confiesa francamente de manera desalentadora que para ellos no es sencillamente una cuestión de creencia, la cual, en la experiencia personal leyendo el libro, tiene en su mayoría fracasado en mantener; y dicen que para ellos, el mirar a través de los símbolos y rituales con el fin de obtener grandes provechos espirituales, con tales lecturas, les ha sido completamente imposible.    

Una clase más vasta, aunque de ninguna manera niegue o dude de la autoridad Divina de éste libro, aun así supone que el elaborado ritual de la ley Levítica expuesta, con sus multiplicadas, minutas prescripciones respecto a materias religiosas y seculares, y una vez que la dispensación Mosaica ya hace tiempo que haya desaparecido, que entonces no tiene ni puede tener ninguna relación vital para la cuestión del día actual y presente, en cuanto a la creencia y práctica Cristiana; y por eso mismo, ante estas impresiones, se importan bien poco con un libro el cual, si están en lo cierto, solo podrá tener algún interés para los religiosos anticuarios. 

Otros, además, aunque compartan estos sentimientos, también confiesan sentir una gran dificultad en creer que muchos de los mandamientos de esta ley puedan haber sido dados por inspiración de Dios. La extrema severidad de algunas de las leyes, y lo que a ellos les parece ser el arbitrario y mismo pueril carácter de otras prescripciones, les resulta irreconciliable, en primer lugar, con la misericordia, y después, dicen, con la dignidad y majestuosidad del Ser Divino.

 Con un más pequeño, pero, se teme que sea, un creciente número, este sentimiento, tanto da que sea de indiferencia o de duda, con respecto al libro de Levítico, se ve en ellos reforzado además por un supuesto descubrimiento del hecho de que, en nuestros días, su origen Mosaico e inspirada autoridad haya sido categóricamente negada, puesta en tela de juicio por un largo número de eminentes escolares, basados sobre fundamentos que claman ser estrictamente científicos. Y si tales Cristianos no conocen lo suficiente como para decidir por ellos mismos, sino sobre los méritos de los escolares, cuando menos ahora saben lo suficiente como para tener una inconfortable duda, en cuanto si, al inteligente Cristiano, le sea posible ya más alguna vez tener derecho de tratar al libro de Levítico como si no tuviese sentido alguno, dentro de la Palabra de Dios; y — lo que aún es más triste—sienten que la cuestión es de tal naturaleza complicada, que es imposible para cualquiera que no sea especialista en Hebreo y se halle entre los altos críticos, alcanzar ninguna bien fundada y afirmada convicción, de ninguna manera, sobre el tema. 

Tales personas, por supuesto, tienen poco que ver y nada que hacer con este libro. Si está de hecho la Palabra dentro de él, no podrán alcanzar a comprenderla. Con tales condiciones mentales tan ampliamente prevalecientes, algunas palabras referentes al origen, autoridad, propósito, y el uso de este libro de Levítico nos parece que tienen que tener una necesaria explicación inicial para su provechosa exposición 

 

 

 

EL ORIGEN Y AUTORIDAD DE LEVÍTICO.

 

En cuanto al origen y autoridad de este libro, el primer versículo presenta una muy formal y explícita declaración: “El Señor llamó a Moisés, y le habló.” Estas palabras evidentemente contienen por necesidad una implicación a dos afirmaciones: la primera, que la legislación que inmediatamente sigue es de origen Mosaica: “El Señor habló a Moisés;” y, en segundo lugar, que no fue el producto meramente de la mente o imaginación de Moisés, sino que le vino, en primera instancia, como una revelación de parte de Jehová: “Jehová habló a Moisés.” Y aunque sea verdad que las palabras en este primer versículo se refieren estrictamente a aquella sección del libro que está inmediatamente a seguir, sin embargo, y teniendo en cuenta además que la misma, o una fórmula similar, se emplea repetidamente en sucesivas secciones, -- al total, no menos que cincuenta y seis veces en los veintisiete capítulos, -- entonces estas palabras con toda seguridad tienen que ser consideradas como la expresión de un clamor, una proclamación respecto a estos dos puntos, que cubren la totalidad del libro.

 

Nosotros no debemos, de hecho, acrecentar nada a estas palabras que lo que ya tengan de verdad por sí. Ellas sencilla y solamente declaran el origen Mosaico y la inspirada autoridad de la legislación que el libro contiene. No dicen nada más, ni si fue solo Moisés, o no, quien escribió cada una de las palabras por sí mismo en el libro, o si el Espíritu de Dios dirigió e inspiró a otras personas, en el tiempo de Moisés o posterior, y les encomendó escribir esta ley Mosaica. No nos da ninguna pista en el caso de cuánto, o de cuándo, fueron combinadas las varias secciones que componen el libro hasta llegar a ser hecha en la presente forma literaria que tenemos, si combinadas por el propio Moisés solamente, como se cree tradicionalmente, o por más hombres de Dios en un día posterior. En cuanto a este y otros asuntos de secundaria importancia que puedan ser citados, el libro no registra declaración alguna. Las palabras utilizadas en el texto, y las similares expresiones que utiliza en cualquiera de sus partes, simple y únicamente declaran que, la legislación siguiente, es de origen Mosaica y de inspiración autoritaria divina. Solamente, se observa, que eso es lo que afirman de la más directa y liberal manera posible.  

 

Es de suma importancia que notemos todo esto: porque en la disputa de toda discusión teológica actual el tema es muy a menudo mal comprendido por ambos lados en la disputa. La verdadera cuestión, y, como todos saben, la cuestión Bíblica predominante del día actual, es precisamente éste, si es que el clamor o proclamación que este libro contiene, así exactamente definido, sea verdadero o falso.

 

Una cierta escuela de críticos, compartiendo muchas de las grandes lecciones, y de indudable honestidad e intención, asegura a la Iglesia y al mundo que, un estricto y científico criticismo, ha llevado obligatoriamente a la conclusión de que este clamor, aun siendo tan delimitado y definido, es, hablando claro, no verdadero; y aseguran además, que un estudiante elucidado debe tener en cuenta de antemano que Moisés no debió tener casi nada, o nada mismo que ver con el contenido de este libro; que, de hecho, no solo tuvo su origen o aparición cerca de mil años después, cuando, a seguir a la cautividad Babilónica , ciertos sacerdotes Judíos sin escrúpulos, queriendo magnificar su autoridad ante el pueblo, se propusieron el feliz expediente de escribir este libro de Levítico, junto con otras partes del Pentateuco, y entonces, darles de esa manera a la obra un prestigio y una autoridad que, sobre sus propios méritos o sobre sus propios nombres, no podría recaer; y lo declararon a sus hermanos judíos en aquella época por exilio como si tuviera mil años de antigüedad, y como la obra de su gran legislador. Y, extrañamente, no solamente lo llevaron a cabo, sino que tuvieron tanto éxito imponiendo estos documentos falsificados sobre la totalidad de la nación, que la historia no registra o expresa la menor sospecha de ninguno, ni tan siquiera de una sola persona, hasta los tiempos modernos actuales, de su negativo origen Mosaico; es decir, tuvieron mucho éxito persuadiendo a todo el pueblo de Israel, de que una ley que ellos mismos habían promulgado, la hiciesen pasar como si hubiese estado en existencia entre ellos durante cerca de diez siglos, haciéndola pasar como la obra misma de Moisés, cuando, en realidad, era ciertamente algo nuevo.

 

Por extraño e increíble que todo esto pueda parecerle al mero estudiante, sustancialmente, esta teoría es la que se mantiene y prevalece entre muchos de los escolares Bíblicos de nuestros días actuales, la presentación que se les da de los hechos esenciales del caso; y a la descubierta de estos hechos supuestos, se nos pide que recibamos con admiración de nuestra parte, ¡como si fuese uno de los más grandes triunfos literarios de los críticos modernos y actuales escolares!

 

Pero el Cristiano incauto, tanto da que sea laico como ministro, aunque sea suficientemente inteligente en asuntos de conocimiento humano, o mismo un hombre bien educado, no es, y no puede ser, un especialista en Hebreo y en los altos criticismos. ¿Qué es lo que podremos hacer entonces cuando se nos presenta esta teoría dirigida por escolares de mayor habilidad y con más experiencia de aprendizaje?  ¿debemos aprender, entonces, todos el idioma Hebreo antes de examinar estas altas críticas, y antes de permitirnos tener cualquiera justificada y decidida opinión, de si este libro, esta ley de Levítico, sea  Palabra de Dios, o una burda falsificación? - Nosotros creemos que no hace falta. Hay ciertas consideraciones, bien más sencillas de comprender para el intelecto de cada uno; ciertos hechos, que son aceptes como tales para los escolares más eminentes, que deben ser suficientes y comprensibles para el mantenimiento y la abundante confirmación de nuestra fe en este libro de Levítico, creyéndolo y teniéndolo en consideración como siendo absolutamente la mismísima Palabra de Dios dada a Moisés.

 

En primer lugar, tenemos que observar, que, si alguna de las teorías que niegan el origen Mosaico y la inspirada autoridad de este libro pudiera ser cierta, entonces las cincuenta y seis afirmaciones de tal origen y autoridad que el libro contiene dentro acerca de sí mismo, serian obligatoria y rotundamente falsas. Además, sea cual sea el significado que tengan por detrás las palabras, si de hecho estos rituales Levíticos y código de leyes vinieron a originarse solo después de la cautividad Babilónica, y por la vía sugerida por la escuela de críticos, entonces el libro de Levítico no sería posible que fuese la Palabra de Dios de ninguna manera, sino una falsificación y un fraude completo. Sin duda que esto no precisa ni de ser demostrado. “El Señor habló a Moisés”, es lo que se lee, por ejemplo, en este primer versículo; “El Señor no habló estas cosas a Moisés”, responden estos críticos: “Fueron inventadas por ciertos sacerdotes sin escrúpulos en siglos posteriores”. ¡De tal orden es inútil la costumbre y el proceder de los críticos!

 

¿Quién nos puede acudir entonces ahora en nuestro socorro, arbitrando en este tema? ¿Quién asienta estas cuestiones para la gran multitud de creyentes que no saben nada de criticismos hebreos, y quienes, aunque no puedan comprender muchas cosas que contenga este libro, lo tengan aceptado aun así con una fe reverente como siendo lo que profesa ser, la Palabra de Dios misma a través de Moisés? ¿A quien, de hecho, podremos referir y exponer una cuestión como esta para tomar una decisión, que no sea a Jesucristo de Nazaret, nuestro Señor y Salvador, confesado de todos los creyentes ser en verdad el Unigénito Hijo de Dios por la voluntad del Padre? Pues Él declaró que “el Padre le mostró a Él,” al Hijo, “todas las cosas que Él Propio hizo;” Así que Él, por tanto, debe seguramente saber la verdad de este asunto, y la verdad, además, conocida por boca de Su Padre, en vez de ser por la palabra de los hombres, si es que dice algo sobre el tema.

   

Y Él sí que ha dicho cosas sobre este asunto, Él, el Hijo de Dios. Todos sabemos cuál era la creencia común de los Judíos en el tiempo de nuestro Señor, en cuanto al origen Mosaico y la divina autoridad de este libro, así como todo el Pentateuco. Ninguna persona viva discute la declaración hecha por un reciente escritor sobre esta materia, que dice que “anterior a la era Cristiana, no había ni señal siquiera de que hubiese segundas opiniones en esta disputa” sobre esta materia; el libro “fue universalmente imputado a Moisés.” Ahora bien, el hecho de que Jesucristo compartió y repetidamente atribuyó esta creencia a sus contemporáneos, debería estar perfectamente claro para cualquier lector común de los Evangelios.

Los hechos en cuanto a Su testimonio, brevemente hablando, son estos. En cuanto al Pentateuco en general, Él lo denomina (Lucas 24:44) “la ley de Moisés”; y, con respecto a su autoridad, Él la declaró ser como aquella que “los cielos y la tierra pasarán, pero de la ley, ni una sola jota ni una tilde pasaría, hasta que todo se cumpliese” (Mateo 5:18). ¿Se podría haber dicho realmente de este libro de Levítico, lo que se incluye en este término, “la ley”, si no fuese la Palabra de Dios, sino un engaño y falsificación, si es que sus cincuenta y cinco afirmaciones de su origen Mosaico e inspirada autoridad fuesen falsas? Repetimos una vez más, Cristo declaró que Moisés en sus “escritos” escribió acerca de Él,--  una declaración, la cual, debería ser observada, imputada a Moisés de antemano conocimiento, y por tanto, con una sobrenatural inspiración; y a seguir dijo que la fe en Sí Mismo estaba tan íntimamente en conexión y de acuerdo con la fe en Moisés, que si los Judíos hubieran creído a Moisés, también a Él le habrían creído (Juan 5:46, 47). ¿Sería concebible que Cristo hablase así, si los “escritos” referidos fueran falsificaciones?

 

Pero nuestro Señor no solo tiene este alto concepto del Pentateuco en general, sino que, además, en varias ocasiones, del origen Mosaico y a la inspirada autoridad de Levítico en particular. Por ejemplo, cuando sanó al leproso (Mateo 8:4) a seguir, le envió a los sacerdotes con base en el mandamiento de Moisés para estos casos. Pero ese tal mandamiento sólo aparece en este libro de Levítico (14:310). En otra ocasión, justificando a Sus discípulos por comer de las espigas de trigo en Sábado ante los fariseos, les refiere el ejemplo de David, que tomó los panes de la proposición cuando tuvo hambre, de los cuales no era adecuado con la ley que él comiese, sino solamente a los sacerdotes” (Mateo: 12:4); refiriendo así a una ley que solamente se encuentra en Levítico (24:9). Pero la cita sería pertinente en la presunción que refirió de Levítico, la prohibición de tomar de los panes de la proposición como teniendo la misma autoridad inspirada en cuanto a la obligación de observar el Sábado. En Juan 7:32, una vez más, refiere a Moisés como habiendo renovado la ordenanza de la circuncisión, la cual había sido dada primeramente a Abraham; y, como siempre, afirma la autoridad Divina del mandamiento así dado. Pero esta renovación de la ordenanza de la circuncisión solamente aparece en Levítico (12:3). Y una vez más, reprendiendo a los Fariseos por su ingeniosa justificación del endurecimiento de corazón, con la negligencia de los padre por parte de los hijos irresponsables de sus obligaciones, les recuerda entonces que Moisés, hablando de aquel que maldijere a su padre o a su madre, de cierto moriría; una ley que solamente se encuentra en el así denominado código sacerdotal de Éxodo 21:17 y Levítico 20:9. Además, Él va mucho más allá de la mera presunción de la verdad de la opinión Judía por causa de un argumento, cuando formalmente declara esta ley, en plena igualdad con el quinto mandamiento, ser “un mandamiento de Dios”, el cual ellos con su tradición habían invalidado (Mateo 14:3-6).

 

Cualquiera podrá fácilmente suponer que sería imposible negar la inferencia de todo esto, que nuestro Señor creyó, y entendió ser comprendido como enseñanza, que la ley de Levítico fuese, en un verdadero sentido, de origen Mosaico, y de inspirada, y por tanto infalible, autoridad.

No estamos de ninguna manera empeñados, de hecho,-- no es esencial para el argumento,-- en reseñar este testimonio de Cristo para probar alguna cosa  más, de lo que las propias palabras Suyas claramente prueban solas e implican. Por ejemplo, nada en Sus palabras, tal como las leemos, así como en el lenguaje de Levítico mismo, excluye la suposición de que en la preparación de la ley, Moisés, al igual que el Apóstol Pablo, no pueda haber tenido colaboradores o amanuenses, tales como Aarón, Eleazar, Josué, u otros, cuyas porciones de la obra deben haberse llevado a cabo bajo su comisión y autoridad; pues de igual manera el testimonio de Cristo no es de ninguna forma irreconciliable con el hecho de las diferencias de estilo, o con la evidencia de diferentes documentos, si es que alguie piensa que las haya descubierto ahora, en el libro, esta equivocado. 

 

Nosotros queremos ir más lejos, y añadir que, en el testimonio de nuestro Señor, no encontramos nada que declare en contra de la posibilidad de que una o más redacciones o revisiones de la ley de Levítico en tiempos posteriores a Moisés puedan haber sido hechas, por uno o más hombres inspirados; como, por ejemplo, por Esdrás, descrito (Esdrás 7:6) como “un verdadero escriba en la ley de Moisés, la cual el Señor, el Dios de Israel, había dado;” a quien también la anciana traducción Judía atribuye la declaración final del Antiguo Testamento que les ha llegado hasta sus días. Por eso ninguna de las palabras de Cristo enfoca la cuestión en cuanto o a cuándo recibió el libro de Levítico su formato actual, con respecto del orden de sus capítulos, secciones, y versículos. Este es un asunto de importancia secundaria totalmente, y se puede muy bien asentar cualquier rumbo sin perjudicar el origen Mosaico y la autoridad de las leyes que contiene.

Ni tampoco, por último, excluyen las palabras de nuestro Señor, cuando se consideran seriamente, ni tan siquiera la posibilidad de que tales personas, actuando bajo dirección Divina e inspiración, puedan haber reducido algunas partes de la ley dada por Moisés para que se escribiera; o mismo, como una extrema suposición, hayan interferido aquí y allí, bajo la inequívoca guía del Espíritu Santo, prescripciones que, aunque sean nuevas en cuanto a la letra, no dejaban de ser menos verdaderamente Mosaicas, en que por necesaria implicación estaban lógicamente envueltas en el código original.

 

Tampoco estamos de hecho argumentando aquí a favor o en contra de ninguna de estas suposiciones, que sería apartarnos del alcance o cuadro del trabajo presente. Solamente estamos interesados en señalar que Cristo no tiene incontrovertidamente afirmado estas cuestiones. Estas cosas pueden ser verdaderas o no verdaderas; la decisión de tales asuntos pertenecen realmente a los críticos literarios. Pero aunque fuesen unánimes, todavía seguiría siendo verdad que la ley es “la ley de Moisés,” dada por revelación de Dios.

Todo lo que a esto respecta, por tanto, es cierto. Cualesquiera que puedan haber sido las modificaciones concebiblemente aplicadas sobre el texto, toda obra de esta clase tuvo que ser hecha, como todos concuerdan, mucho antes del tiempo de nuestro Señor; y el texto al cual se refiere como de origen Mosaico y de inspirada autoridad, fue por tanto esencialmente el texto de Levítico como lo tenemos hoy en día. Nos vemos por eso obligados a insistir que cualesquiera que hayan sido las modificaciones hechas en la ley Levítica original, no podrían de forma alguna haber sido hechas, de acuerdo con el testimonio de nuestro Señor, de tal manera que entrase en conflicto con su afirmación de su origen Mosaico y su inspirada autoridad. Podrían, en último caso, haber sido solamente, y sugerido, en el sentido del lógico desarrollo y aplicación para sucesivas circunstancias, de la ley Levítica dada originalmente a Moisés; y eso, además, bajo la administración de un sacerdocio dotado con la posesión del Urim y Tumin, para dar el tal veredicto oficial, cuando fuese necesario, la sanción de la inequívoca autoridad Divina, impuesta en la conciencia por Dios. Aquí, por lo menos, con toda seguridad, Cristo por Su testimonio, ha puesto una inmovible limitación sobre las especulaciones de los críticos.

 

Y sin embargo hay aquellos que admiten los hechos como si fuera el testimonio de Cristo, y proclaman así sin ningún perjuicio para la absoluta fiel verdad de nuestro Señor, y suponen que, cuando Él hablaba como lo hacía, con respecto a la ley de Levítico, debió hacerlo de la manera que le comprendiesen, utilizando los vocablos ordinarios Judíos, sin con ellos entrar en conflicto con sus opiniones; es igual que, cuando, conforme a la normal y común manera de hablar, Él hablaba del sol que nacía y se ponía , queriendo así decir, como se comprendía en aquellos días, que el sol recorría la tierra cada veinticuatro horas. Lo cual es suficiente para replicar que esta ilustración, que se usa tanto en este argumento, no es relevante en el asunto que estamos tratando. Pues no solamente utilizó nuestro Señor el lenguaje que implica la verdad de la creencia Judía con respecto al origen y la autoridad de la ley Mosaica, sino que la enseñó formalmente; y—lo que es más peculiar—Él decretó la obligación de ciertos deberes, sobre el hecho de que esta ley de Levítico era una revelación de Dios dada a Moisés para los hijos de Israel. Pero si los hechos supuestos, sobre los cuales Él basó Su argumento en tales casos, son, en realidad, no hechos, entonces Su argumento pasa a ser nulo y vacío. ¿Cómo, por ejemplo, sería posible explicar las palabras en las cuales apela a una de las leyes de Éxodo y Levítico (Mateo 15:3-6) si no fuese una opinión Judía, sino, por el contrario, estuviese en contraste explícito con la tradición de los Rabinos, “un mandamiento de Dios”? Sería esta expresión meramente “una acomodación” para la equivocada noción de los Judíos?? Si es así, entonces ¿qué viene a ser de Su argumento?

 

Otros, una vez más, sintiendo el peso de todo esto, y sin embargo sincera y deseosamente deseando mantener fuera de toda posible censura la perfecta fiel verdad de Cristo, aun así, asumen y presuponen que los Judíos estaban equivocados, y admiten que, si es así, nuestro Señor debió haber compartido también los mismos errores suyos, tomando otra línea de argumento. Pero así nos obligan a pensar que, aunque misteriosamente, no puede negarse, que nuestro Señor, a pesar y en virtud de Su encarnación, debió tener ciertas limitaciones en el conocimiento; y esto nos lleva a argumentar concluyendo que, sin quitarle cualquier perjuicio hacia Su carácter, debemos suponer que, entonces, no solo con respecto al tiempo de Su venida y reino (Mat.24:36), sino también con respecto a la autoría y la Divina autoridad de este libro de Levítico, en todo !Él debe haber compartido en la ignorancia y el error de Sus conciudadanos sacerdotes!

 

Pero, seguramente, el hecho de la limitación de Cristo en el conocimiento no debe atribuirse con el argumento de tales reclamaciones, sin que por lógica necesidad se anule la misión y la autoridad de Cristo como maestro de la verdad. Porque es cierto que de acuerdo a Su propia palabra, y la universal creencia de los cristianos, el supremo objetivo de la misión de Cristo fue revelarle a los hombres a través de Su vida y enseñanzas, y especialmente a través de Su muerte sobre la cruz, al Padre; y es cierto que Él proclamó tener, para lograr este objetivo, un perfecto conocimiento del Padre. ¿Pero cómo podría este más esencial clamor Suyo justificarse, y como sería capaz de darles a los hombres un perfecto e inequívoco conocimiento del Padre, si la ignorancia de Su humillación fuera tan grande que sería incapaz de distinguir por la Palabra del Padre un libro que, hipotéticamente, no era la Palabra del Padre, sino una ingeniosa y satisfactoria falsificación de ciertos sacerdotes sin escrúpulos de la era posterior al exilio?       

 

Es por tanto cierto que Jesús debe haber sabido si el Pentateuco, y, en particular, este libro de Levítico, era la Palabra de Dios o no; es cierto además que, si es la Palabra de Dios, entonces no puede tratarse de una falsificación; e igualmente cierto que Jesús no podía haber entendido en lo que dijo sobre este asunto para acomodar Su discurso con un error común de la gente, sin que haciendo así negase su creencia. Si es así, siguen aquellos críticos de la radical escuela referida estando directamente en contraste con el testimonio de Cristo con respecto a este libro. 

 

Tiene una gran consecuencia que los cristianos vean esta contradicción claramente. Mientras que Jesús enseña de varias maneras que Levítico contiene una ley dada por revelación de Dios a Moisés, estos enseñan que es una falsificación sacerdotal de los días de Esdrás. Ambas cosas no pueden ser correctas; y si los críticos tienen la razón, entonces—hablamos con toda la posible deliberación y reverencia—que Jesús estaba equivocado, y por eso era incapaz de contarnos con inequívoca certeza si esto o aquello sea la Palabra de Dios o no. Pero si es así, entonces ¿cómo vamos a poder escapar de la conclusión final de que, así, el clamor Suyo que dice tener un perfecto conocimiento del Padre debe ser también un error; Su clamor de ser el Hijo de Dios encarnado, por tanto, una falsa pretensión, y el Cristianismo, una desilusión, así que la humanidad no tiene en Él un Salvador?

 

Pero contra tan fatal conclusión permanece firme el gran hecho establecido de la resurrección de Jesucristo de los muertos; por el cual fue con poder declarado ser el Hijo de Dios, para que podamos saber bien que Su palabra sobre este tema, así como en todos los asuntos de los que hablase, asienta toda disputa, y es un suelo y una base suficientemente firme para asentar la fe; y por otro lado impone sobre toda especulación humana, literaria o filosófica, eternas e inmutables limitaciones.

 

Que nadie piense que el caso, en cuanto a la disputa en destaque, ha sido establecida de guisa tan categórica. Si así fuese nadie podría ir más allá de las continuamente citadas palabras de Kuenen sobre esta materia: “O bien se deben dejar de lado como indignos nuestros queridos métodos científicos aplicados, o se debe tajantemente de una vez por todas repudiar el hecho de la autoridad del Nuevo Testamento en el dominio de la exégesis de la Antigüedad”. Con buena razón exclamó otro escolar las siguientes palabras, “¡El Maestro no debe ser oído como testigo! Tratamos a nuestros criminales con mucho más respeto.” Así que la cuestión todavía prevalece en los días de hoy con este versículo primero de Levítico delante nuestra: ¿En quién vamos a poner nuestra confianza? En críticos literarios, tales como Kuenen o Wellhausen, o en Jesucristo? ¿Cuál estará más capacitado para decirnos con toda seguridad si la ley de Levítico es una revelación de Dios o no?. 

El cristiano devoto, que a través de la gracia del crucificado y levantado Señor “de quien Moisés, en la ley, y los profetas escribió,” y que ha “probado la buena palabra de Dios,” no tendrá dudas en cuanto a la respuesta. Ni tampoco de hecho, si es sabio, tímida o fanáticamente rebajará o desacreditará toda y cualquier literaria investigación de las Escrituras; sino que insistirá en que los críticos ni siempre han mantenido sus razones en reverente sujeción al Señor Jesús en todos los puntos que haya declarado. Los tales en todas partes desearán de corazón regocijarse en estas admirables palabras del fallecido Profesor Delitzsch; palabras que se mantienen casi integralmente en su último y solemne testamento:--“La teología de gloria que se arroga para sí misma la más alta autoridad, encanta y seduce hasta aquellos que han visto la prueba contra su encantamiento; y la teología de la Cruz, cuya necedad Divina es más sabia que los hombres, se toma como un penoso lastre no científico por detrás de los pasos del progreso… Pero la fe que yo he profesado en mis primeros sermones,… permanece y se mantiene conmigo hasta el día de hoy. Aun cuando tuviera en mis abundantes cuestiones Bíblicas que oponer la opinión tradicional, ciertamente mi oposición descansaría en esta cara de la moneda, sobre la teología de la Cruz, de la gracia, de los milagros!... Mantengámonos firmes por esta bandera; dependamos de ella aunque nos maten!” Con verdaderamente tan nobles palabras, bien puede decir todo verdadero cristiano, ¡Amén!

 

Nosotros por tanto nos mantenemos firmes sin miedo con Jesucristo en nuestro punto de vista del origen y autoridad del libro de Levítico.

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