¿Qué le ocurrió a Pedro?


Retirado de Bibleunderstanding.com

Trad.Juan Luis Molina

Luego que fue de día, hubo no poco alboroto entre los soldados sobre qué había sido de Pedro. (Hechos 12:18)

Los dos soldados estaban allí – las cadenas estaban allí – las paredes de la cárcel estaban allí – ¡pero Pedro no estaba! No nos extraña que hubiese “no poco alboroto entre los soldados”.

En la actualidad bien podrían denominar el caso una subestimación. Claro que, nosotros, habiendo leído todo el relato, sabemos muchas cosas más acerca de lo sucedido a Pedro que aquellos dos pobres ignorantes soldados. Pero, después de todo, ¿lo sabemos ciertamente?

Vemos las fervientes oraciones hechas en su favor – la venida del ángel – la luz resplandeciendo en la cárcel – las instrucciones que recibió – la puerta de hierro abriéndose. Después Pedro pasa una primera calle y llega entonces a la casa donde están orando por él. (Yo confieso que me da risa cuando leo lo que viene a seguir, imaginando el cuadro de estos creyentes en oración: cuando Rode les dice que sus oraciones les han sido respondidas, antes que nada, dicen todos que estaba loca, y a seguir dicen que es su ángel, y entre tanto Pedro sigue llamando a la puerta. Y cuando por fin le abren a Pedro la puerta, se quedaron tan atónitos como los soldados) Es verdad, admito que yo propio me hubiera quedado igual, pero no puedo reprimir mi risa de todas formas.

Ahora bien, Pedro está de vuelta de nuevo, y, sin duda, deberíamos esperar que ahora siguiesen dándose más grandes acontecimientos Pentecostales, más maravillosos milagros, etc. Pero no, solo les cuenta a los reunidos la manera como fue liberado, les dice que se lo cuente a Jacobo y a los hermanos, ¡y rápidamente desaparece de nuevo! En el versículo siguiente es cuando leemos sobre “qué es lo que había sido de Pedro. La verdad es que hemos llegado a uno de los grandes puntos de mudanza de la Escritura. La corriente del periodo de los Hechos está cambiando. Pedro, el Apóstol de la Circuncisión, está dando lugar a Pablo, el Apóstol de los Gentiles. Pedro, que había sido hasta entonces la figura predominante en casi todos los capítulos precedentes de los Hechos de los Apóstoles, no vuelve a ser oído, excepto en un corto relato donde se le nombra de paso, y en un corto discurso que hace al concilio en Jerusalén, en Hechos 15.

Volvamos ahora atrás para ver bien lo que estaba ocurriendo, y el motivo del cambio. Cuando leemos los dos primeros capítulos de los Hechos, nos damos cuenta que una gran mudanza ha tenido lugar. Este cambio se produce en la actitud de los once discípulos. En lugar de ser un grupo de hombres abatidos, reunidos tras puertas cerradas por miedo de los Judíos (Juan 20:19), ahora son vistos infundidos con un nuevo aliento de vida. La resurrección y la visible manifestación de nuestro Señor los ha transformado. Ahora están repletos y rebosantes de denuedo, y, como era costumbre, Pedro toma de nuevo las riendas y el liderazgo (Hechos 1:15). Antes que nada escogen a Matías, para que tome el lugar del cual Judas había sido depuesto, y a seguir viene el gran día, el día de Pentecostés. Otra vez vemos a Pedro liderando. Hay una gran multitud acudiendo para celebrar la festividad en Jerusalén. Judíos acercándose provenientes de todas las partes en la dispersión – Judíos Partos, Medos, Elamitas, de Mesopotamia, Capadocia, de Frigia y Panfilia, y de las regiones de África más allá de Cirene – una lista de lugares de todas las regiones conocidas donde habitaban los Judíos. En medio de esta gran multitud se levantó Pedro y los once restantes con él, y Pedro, a gran voz y lleno de denuedo, les declaró a todos que estaban viviendo en los días predichos por la profecía, los últimos días (Hechos 2:17). Días en los que grandes acontecimientos tendrían lugar (vers.19 y 20). Les aviva la memoria en cuanto a los terribles escenarios del Gólgota (vers.23), pero se apresura a darles ánimo hablándoles de la maravillosa resurrección de nuestro Señor (vers.31). Les declara que la gracia del perdón de Dios se les extiende y ofrece ahora de nuevo y a pesar de todo (vers.38), y les anima a arrepentirse y a ser bautizados en el nombre de Jesucristo (vers.38).

Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados, y se añadieron aquel día como tres mil personas (vers.41).

En el capítulo 3, todavía vemos a Pedro llevando la voz cantante, y en un acto parabólico a la entrada del templo les muestra a los Hijos de Israel lo que debía sucederles como nación. Como nación se encontraban igual de inútiles que el “cojo” que “pedía limosna” del versículo 2. Como nación eran incapaces de entrar a disfrutar de la plenitud de gozo en adoración y alabanza a Dios, pero en el nombre de Jesucristo de Nazaret (vers.6), podían ser fortalecidos. En Su nombre podían levantarse y entrar con ellos en el templo, andando, y saltando, y alabando a Dios (vers.8). Una vez más vemos a los hombres de Israel reunidos, y una vez más vemos a Pedro repitiéndoles la terrible historia de lo que habían hecho al Señor (vers.13-16). Otra vez les refiere el mensaje de amor y de esperanza de Dios (vers.19). Se les promete tiempos de refrigerio. Jesucristo les sería prontamente enviado de nuevo (vers.20), la profecía se cumpliría en su totalidad, la restitución de todas las cosas tendría lugar, y en y a través de los Hijos de Israel serían benditas todas las familias (naciones) de la tierra (vers.25). Solamente había una condición, ARREPENTÍOS. ¿Se arrepintieron los Judíos? Los Fariseos y Saduceos se quedaron resentidos de que enseñasen al pueblo (4:2). Les echaron mano (vers.3). Les intimidaron que en ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús (vers.18). Les amenazaron (vers.21). Levantándose el sumo sacerdote y todos los que estaban con él…se llenaron de celos y volvieron de Nuevo a echarles mano a los apóstoles y los pusieron en la cárcel pública (5:17-18). ¿Se arrepintieron? Se enfurecían y querían matarlos (vers.33). Les azotaron, y volvieron a intimidarlos (vers.40). Sobornaron a unos para que dijesen que habían blasfemado (6:11). Soliviantaron al pueblo (vers.12), pusieron testigos falsos (vers.13), ¿se arrepintieron?

LA RESPUESTA ES UN SANGRIENTO ASESINATO CON EL APEDREAMIENTO DE ESTEBAN.

No se podrá implicar que la paciencia de Dios fuese poca. Los límites de Su paciencia y de Su tierna misericordia están por encima de nuestra comprensión. Sin embargo, las dos primeras palabras del capítulo 8 nos indican que se da un cambió de actitud sobre Israel como nación. Las dos significativas palabras son: Y Saulo. Por ellas vemos que la obra de Pedro está llegando a su fin. Su público ministerio se acaba. Todavía tiene lugar en Samaria, en Lidia y en Jope, y por fin en la casa de Cornelio, pero no ya con los Judíos de esta vez, sino con Gentiles. Ahora la obra de Pedro como Apóstol enviado a la Circuncisión se acaba. El capítulo 12 nos trae de vuelta a la pregunta: ¿qué sucede con Pedro? Pedro es sencillamente puesto de parte en la historia. Entonces ¿ha repudiado Dios a los Hijos de Israel? No, todavía no. Entre tanto que exista la posibilidad del arrepentimiento sin rebelión, hasta entonces la puerta para Israel permanecería abierta para ellos. Para sorpresa nuestra, Pablo, el Apóstol enviado a los Gentiles, continúa yendo al Judío primeramente. Sin embargo, en contraste con la sanidad del hombre cojo en el cap.3, donde el Judíos fue restaurado, el primer milagro de Pablo condena al Judío – Elimas el mago – a la ceguera durante un cierto periodo de tiempo (cap.13:11). Un reflejo de lo que ahora estaba sucediéndole a los Hijos de Israel. (Vea Romanos 11).

Cualquiera puede sentirse tentado a preguntar cuál sea la posibilidad en este momento de que los Hijos de Israel acepten al Señor Jesús como su Mesías y Rey. Pues bien, había solamente una posibilidad. Estos Judíos eran muy celosos de su lugar y posición en las manos de Dios. Sabían por su historia pasada que habían sido escogidos como el pueblo de Dios, una nación elegida. Eran conscientes de ser los guardianes de los consejos de Dios, y que a ellos les pertenecían las promesas y los pactos (Rom.9:4). ¿Podrían permanecer sin reaccionar, viendo a los Gentiles siendo admitidos en una cercana relación con Dios – y siendo injertados en la misma nación de Israel recibiendo la Salvación en el Señor Jesucristo? (Hechos 15:11). ¿No serían movidos a celo para seguir este maravilloso ejemplo? ¿Podrían soportar el ver su privilegiada posición como el pueblo de Dios escogido esfumarse de ellos, a medida que los Gentiles se volvían para Dios, sin su obra e intercesión? ¿No reaccionarían delante de este acontecimiento hacia el arrepentimiento – un cambio de actitud – con respecto a Jesús, el despreciado nazareno? Pues no, no permanecieron quietos, sino que se llenaron de celos, y rebatían lo que Pablo decía, contradiciendo y blasfemando (Hechos 13:45). Instaron a mujeres piadosas y distinguidas, y a los principales de la ciudad, y levantaron persecución contra Pablo y Bernabé (Hechos 14:2). Se lanzaron a afrentarlos y apedrearlos (Hechos 14:5). Volvieron a tomar consigo algunos varones ociosos, hombres malos, y juntando una turba, alborotaron la ciudad (Hechos 17:5). Vinieron a Berea también, y volvieron a alborotar a toda la multitud y le echaron mano (Hechos 21:27). Procuraron matarle (Hechos 21:31). Tramaron un complot, y se juramentaron bajo maldición, diciendo que no comerían ni beberían hasta que hubiesen dado muerte a Pablo (Hechos 23:12). Fueron a Jerusalén presentando contra él muchas y graves acusaciones, las cuales no podían probar (Hechos 25:7).

No, los Judíos no se quedaron sin reaccionar. Pero siguiendo los relatos hasta el último capítulo de los Hechos de los Apóstoles Dios, a través de Pablo, fue incentivando a los Judíos para que procediesen al arrepentimiento. Una vez más Pablo convocó a los principales de los Judíos (Hechos 28:17). Declarándoles y testificándoles el Reino de Dios desde la mañana hasta la tarde, persuadiéndoles acerca de Jesús, tanto por la ley de Moisés como por los profetas (Hechos 28:23). Después de eso, entonces, cuando volvieron a repudiar el testimonio hacia el arrepentimiento, Pablo les vuelve por tercera y última vez a repetirles las terribles palabras de Isaías: Ve a este pueblo, y diles: De oído oiréis, y no entenderéis; y viendo veréis, y no percibiréis; porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, y con los oídos oyeron pesadamente, y sus ojos han cerrado para que no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y entiendan e corazón, y se conviertan, y Yo los sane. Sabed, pues, que a los Gentiles es enviada esta salvación de Dios; y ellos oirán (Hechos 28:25-29).

¿Se acabó en ese momento la paciencia de Dios con los Judíos? Pues no, aun así, no se puede decir que se haya consumido, aunque la puerta de cualquier manera se haya cerrado. El Judío ahora ha pasado a ser Lo-ammi- no es Mi pueblo. Pero no, la paciencia de Dios nunca se extingue, pues todavía permanece válida la promesa del Nuevo Pacto, la promesa de reposición de este tiempo. Después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y Yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y no enseñarán más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová, porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque PERDONARÉ LA MALDAD DE ELLOS, y no me acordaré más de su pecado (Jeremías 31:33-34).

Aquellos días aquí señalados se cumplirán plenamente para Israel muy brevemente, pero, oh Dios Mío, entre tanto ¡qué maravillosa Gracia Tuya has manifiesta para nosotros en este presente Intervalo! Amén.

 

 

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